Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar
misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro (Heb. 4:16).
La oración no es una expiación
por el pecado. No es una penitencia. No necesitamos ir a Dios como
criminales condenados; porque Cristo ha pagado la penalidad de
nuestras transgresiones. Él ha hecho la expiación por nosotros. Su
sangre limpia del pecado.
Nuestras oraciones son como cartas enviadas desde la tierra, dirigidas a nuestro Padre en los cielos.
Las
peticiones que ascienden de los corazones sinceros y humildes seguramente
llegarán hasta él.
Él puede discernir la sinceridad de sus hijos adoptados. Él tiene piedad de nuestras
debilidades y fortalece nuestras flaquezas. Él dijo: "Pedid,
y recibiréis".
Muchos [de los miembros] de la familia humana no saben lo que deberían pedir como debieran.
Pero
el Señor es bondadoso y tierno. El alivia sus flaquezas
dándoles palabras para hablar.
El que acude con deseo
santificado tiene acceso mediante Cristo al Padre. Cristo es
nuestro Intercesor. Las oraciones que se ponen en el incensario de oro de
los méritos del Salvador son aceptadas por el Padre.
Toda promesa que está en la Palabra de Dios es nuestra. En vuestras oraciones haced referencia a la
palabra empeñada por Jehová y por la fe reclamad sus promesas.
Su palabra es la garantía de que si pedís con fe recibiréis toda
bendición espiritual. Seguid pidiendo y recibiréis abundantemente
mucho más allá de lo que pidáis o penséis. Acostumbraos a
tener confianza ilimitada en Dios. Echad todo vuestro
cuidado sobre él. Esperad en él pacientemente y el hará...
Debemos buscar "…primeramente el reino de Dios y su justicia…" (Mat. 6:33). Debemos estar listos a recibir la bendición que Dios otorga a aquellos que lo buscan de todo corazón, en sinceridad y verdad.
Debemos mantener abierto el corazón si queremos recibir la gracia
de Cristo (Signs of the Times, 18 de noviembre, 1903). ELC 72
AUDIO.
https://youtu.be/kzsbfl-Bijs
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