sábado, 13 de julio de 2019

10. REHUSANDO PRESENTAR LA REPRENSIÓN. (APUNTES BIOGRÁFICOS DE ELENA G. DE WHITE). TESTIMONIO PARA LA IGLESIA. TOMO 1.


Por este tiempo fui sometida a una severa prueba. Si el Espíritu de Dios descendía sobre una persona durante una reunión, y ésta glorificaba a Dios alabándolo, algunos sostenían que se trataba de mesmerismo; y si al Señor le placía concederme una visión durante una reunión, algunos afirmaban que era el efecto de la agitación y el mesmerismo. Afligida y desanimada, con frecuencia me retiraba a algún lugar solitario para derramar mi alma delante de aquel que invita a los cansados y cargados a encontrar descanso. Cuando reclamaba las promesas por fe, Jesús me parecía estar muy cercano. La dulce luz del cielo brillaba a mi alrededor y me parecía estar rodeada por los brazos de mi Salvador, y se me concedía una visión. Pero cuando relataba lo que Dios me había revelado a mí sola, donde ninguna influencia terrenal podía afectarme, me sentía afligida y asombrada al escuchar que algunos sugerían que los que vivían más cerca de Dios estaban más expuestos a ser engañados por Satanás. 

De acuerdo con esta enseñanza, nuestra única seguridad contra el engaño consistía en permanecer distantes de Dios, en una condición de pecado. Oh, pensé yo, ¿hemos llegado al punto de que los que honradamente van solos en busca de Dios para rogar por el cumplimiento de sus promesas, y para reclamar su salvación, tengan que ser acusados de encontrarse bajo la influencia contaminadora del mesmerismo? ¿le pedimos pan a nuestro bondadoso Padre celestial, solamente para recibir una piedra o un escorpión? Estas cosas me herían el espíritu y me afligían el alma con profunda angustia que casi bordeaba en la desesperación. Muchas personas querían que yo creyera que no existía el Espíritu Santo y que todas las manifestaciones experimentadas por los santos hombres de Dios eran únicamente el efecto del mesmerismo o del engaño de Satanás. 

Algunos habían torcido mucho ciertos textos de la Escritura, al punto de abstenerse completamente de todo trabajo, y de rechazar a todos los que no recibían sus ideas acerca de esto y de otros puntos relativos al deber religioso. Dios me reveló estos errores en visión y me envió a instruir a sus hijos que habían caído en el error; pero muchos de ellos rechazaron completamente el mensaje, me acusaron (73) de fanatismo, y me presentaron falsamente como líder del fanatismo que me esforzaba constantemente por contrarrestar. 

Se fijaron varias fechas para la venida del Señor, las que se presentaron con insistencia a los her¬manos. Pero el Señor me reveló que éstas no se cumplirían, porque primero debía transcurrir el tiempo de angustia antes de la venida de Cristo, y me mostró, además, que cada fecha que se fijaba sin que se cumpliera debilitaría la fe del pueblo de Dios. Debido a esto me acusaron de ser el siervo malo que dijo: 
“Mi Señor se tarda en venir” (Mat. 24:48). 

Estas declaraciones referentes a la fijación del tiempo fueron impresas hace unos treinta años, y los libros que las contienen han circulado en todas partes; sin embargo, algunos ministros que pretenden conocerme bien, declaran que yo he establecido una fecha tras otra para la venida del Señor, y que esas fechas han pasado sin cumplirse, y que por lo tanto mis visiones son falsas. Indudablemente que estas falsas declaraciones son recibidas por muchas personas como si fueran verdad; pero nadie que me conoce o que conoce mis trabajos podría honradamente presentar un informe semejante. 

Este es el testimonio que he dado siempre, desde cuando no se cumplió la fecha en 1844: “Una fecha tras otra será fijada por diferente personas, y no se cumplirán; y la influencia de esta fijación de fechas tenderá a destruir la fe del pueblo de Dios”. Si yo hubiera visto una fecha definida en visión y hubiera dado mi testimonio acerca de ellos, no hubiera podido escribir y publicar, en vista de este testimonio, que todas las fechas que se establezcan pasarán sin que se cumpla el acontecimiento esperado, porque el tiempo de angustia debe venir antes de la segunda venida de Cristo.

Por cierto que durante los últimos treinta años, es decir, desde la publicación de esta declaración, no me he sentido inclinada a establecer una fecha para la venida de Cristo, con lo cual me hubiera colocado a mí misma condenación que las personas a las que estaba reprochando. Y no recibí visión sino hasta 1845, después de haber pasado la fecha de 1844 cuando esperábamos la venida del Señor, que pasó sin cumplirse. Entonces se me mostró lo que he declarado aquí. 

¿Y acaso no se ha cumplido este testimonio 
en todos sus detalles? 

Los adventistas del primer día han establecido una fecha tras otra, y a pesar de los repetidos fracasos, han reunido valor para fijar nuevas fechas. Dios no los ha guiado en esto. Muchos de ellos han(74) rechazado el verdadero tiempo profético y han ignorado el cumplimiento de la profecía, debido a que la fecha de la venida fijada para 1844 pasó sin cumplirse, y no trajo el acontecimiento esperado. Rechazaron la verdad, y el enemigo ha tenido poder para traer sobre ellos poderosos engaños a fin de que crean una mentira. 

La gran prueba del tiempo ocurrió en 1843 y en 1844, y todos los que han fijado una fecha para la segunda venida a partir de entonces se han estado engañando a sí mismos, y engañando a los demás. 

HASTA el momento de mi primera visión no podía escribir, porque me temblaba la mano y era incapaz de sostener firmemente el lápiz. Mientras me encontraba en visión, un ángel me encargó que escribiera lo que veía. Obedecí y escribí sin dificultad. Mis nervios fueron fortalecidos y mi mano se afirmó. 

Fue para mí una penosa cruz referir a las personas que se encontraban en error lo que se me había mostrado acerca de ellas. Me causaba un gran pesar ver a otros preocupados o afligidos. 

Y cuando me veía obligada a declarar los mensajes, con frecuencia los suavizaba y los hacía aparecer tan favorables para la persona como me era posible, y luego me retiraba y lloraba en agonía de espíritu.

Consideraba a los que debían preocuparse únicamente por sus propias almas, y pensaba que si yo me encontrara en su condición no me quejaría. Me resultaba difícil de dar los testimonios claros y cortantes que Dios me había encargado que presentara. Observaba ansiosamente para ver cuáles serían los resultados, y si las personas reprochadas se rebelaban contra la reprensión, y después de eso se oponían a la verdad, estos interrogantes se presentaban en mi mente: ¿Presenté el mensaje en la forma debida? ¿No habría podido encontrarse alguna forma de salvarlos? Y después de eso una gran aflicción se apoderaba de mi alma, y con frecuencia pensaba que la muerte sería una mensajera bienvenida y el sepulcro un dulce lugar de descanso. 

NO COMPRENDÍA el peligro y el pecado de ese proceder, hasta que en visión fui llevada ante la presencia de Jesús. El me miró con desaprobación y me volvió el rostro. Me resulta imposible describir el terror y la agonía que sentí en ese momento. Caí postrada ante él, pero no pude pronunciar ninguna palabra. ¡Cuánto anhelaba encontrarme a cubierto de esa temible expresión de desaprobación! Así pude comprender, en cierto grado, lo que serán los sentimientos de los que se pierdan cuando exclamen: “Montes y peñas: caed sobre (75) nosotros, y escondednos del rostro de Aquel que está sentado sobre el trono, y de la ira del Cordero”. (Apoc. 6:16). 

Pronto un ángel me indicó que me levantara, y difícilmente puedo describir lo que vi. Ante mí se encontraba un grupo de personas que tenían el cabello y los vestidos en desorden y rotos, y cuyos rostros eran la imagen misma de la desesperación y el horror. Se aproximaron a mí y frotaron sus vestidos con el mío. Al mirar mi vestido, vi que estaba manchado con sangre. Volví a caer como muerta a los pies de mi ángel acompañante. No pude presentar una sola excusa y anhelé encontrarme lejos de ese lugar santo. 

EL ÁNGEL me ayudó a levantarme, y me dijo: 
“Este no es tu caso en este momento, pero se te ha mostrado esta escena para que sepas lo que llegará a ser tu situación si dejas de declarar a otros lo que el Señor te ha revelado. 
Pero si eres fiel hasta el fin, comerás del árbol de la vida y beberás de las aguas del río de la vida. Tendrás que sufrir mucho, pero la gracia de Dios te será suficiente”. Después de eso me sentí dispuesta a hacer todo lo que el Señor requiriera de mí, para tener su aprobación y no experimentar el temible desagrado de Jesús. 
1TI EGW

viernes, 12 de julio de 2019

09. VISIÓN DE LA TIERRA NUEVA. (APUNTES BIOGRÁFICOS DE ELENA G. DE WHITE). TESTIMONIO PARA LA IGLESIA. TOMO 1.


Encabezados por Jesús, todos descendimos desde la ciudad hacia esta tierra, sobre un monte muy grande, que no pudo soportar a Jesús y se partió dando lugar a una enorme llanura. Luego miramos hacia arriba y vimos la gran ciudad, con doce fundamentos y con doce puertas, tres de cada lado, y con un ángel en cada puerta. Todos exclamamos:”Ya desciende la ciudad, la gran ciudad; viene de Dios y del cielo”, y la ciudad descendió y se estableció sobre la llanura en la que nos encontrábamos. 

Luego comenzamos a contemplar las cosas gloriosas que había dentro de ella. Vi casas muy hermosas que parecían de plata, soportadas por cuatro columnas engarzadas con perlas, algo muy hermoso a la vista, que debían ser habitadas por los santos y que tenían una repisa de oro. Vi a numerosos santos entrar en las casas, quitarse sus brillantes coronas y colocarlas en la repisa, y luego salir al campo que rodeaba las casas para hacer algo con la tierra; pero no era nada semejante a lo que hacemos con la tierra aquí. Una luz gloriosa brillaba alrededor de su cabeza y alababan continuamente a Dios. 

Vi además otro cuerpo lleno de flores, y al cortarlas exclamé: “¡No se marchitarán!” Luego vi un campo de pasto alto, cuya contemplación causaba gran alegría; era un verde intenso con reflejos plateados y dorados mientras ondeaba orgullosamente para gloria del Rey Jesús. Luego entramos en un campo lleno de toda clase de animales: leones, corderos, leopardos y lobos, todos juntos en perfecta armonía. Pasamos en medio de ellos y nos siguieron pacíficamente. Luego penetramos en un bosque, que no era semejante a los bosques que conocemos aquí en la tierra; en cambio era un lugar iluminado y lleno de gloria; las ramas de los árboles se mecían, y todos exclamamos: “Y habitarán en el desierto 
3 Esta visión describe sucesos que sucederán al fin de los mil años posteriores a la segunda venida de Cristo. Apocalipsis 20; 21; 22; Zacarías 14:4. con seguridad, y dormirán en los bosques” (Eze. 34:25). Pasamos a través de los bosques porque íbamos en camino al monte de Sión. 

Durante nuestro recorrido nos encontramos con un grupo que también contemplaba las glorias del lugar. Noté que sus vestidos tenían una franja roja en el borde, sus coronas eran brillantes y su ropa era de (70) color blanco puro. Al saludarlos, le pregunté a Jesús quiénes eran. Contestó que eran mártires que habían muerto por él. Los acompañaba un grupo muy numeroso de niños, y también ellos tenían sus vestidos con una franja roja. El monte de Sión se encontraba justamente frente a nosotros, y en él se alzaba un glorioso templo y alrededor del monte había otras siete montañas, cubiertas de rosales y lirios. 

Vi a los niños subir a esas montañas si así lo deseaban, usar sus alitas y volar a la cumbre de las montañas, y allí cortar flores que nunca se marchitaban. Había toda clase de árboles alrededor del templo para hermosear el lugar, los bojes, los pinos, los abetos, los olivos, los mirtos, los granados; y las higueras se inclinaban con el peso de los higos; todo esto hacía que el lugar se viera magnífico. Y cuando estábamos por entrar en el templo, Jesús elevó su hermosa voz y dijo: “Solamente los 144.000 entran en este lugar”, 
y todos exclamamos: “¡Aleluya!” 

Este templo estaba sostenido por siete magníficas columnas, todas ellas de oro transparente y engarzadas con perlas. No puedo describir las cosas hermosas que vi allí. Oh, si pudiera hablar en el lenguaje de Canaán, entonces podría describir algo de la gloria del mundo mejor. Vi allí mesas de piedra en las que los nombres de los 144.000 se encontraban esculpidos con letras de oro. 
Después de contemplar la gloria del templo, salimos y Jesús nos dejó para ir a la ciudad. Pronto escuchamos nuevamente su hermosa voz que decía: “Venid, pueblo mío, porque habéis pasado por gran tribulación y habéis hecho mi voluntad y sufrido por mí; venid a la cena. Yo me ceñiré y os serviré”. Exclamamos: “¡Aleluya!” y entramos a la ciudad. Vi allí una mesa de plata pura que tenía muchos kilómetros de longitud, y sin embargo nuestros ojos podían ver hasta el extremo. 

Vi el fruto del árbol de la vida, el maná, almendras, higos, granadas, uvas y muchas otras frutas. Le dije a Jesús que me dejara comer. Él contestó: “Ahora, no. Los que comen de esta fruta no vuelven más a la tierra. Pero dentro de poco tiempo, si eres fiel, comerás del fruto del árbol de la vida y beberás del agua de la fuente. Tú debes volver a la tierra y relatar a otros lo que te he revelado”. Luego un ángel me condujo suavemente a este mundo oscuro. A veces pienso que ya no puedo permanecer durante más tiempo aquí en la tierra, porque todas las cosas me parecen tan tristes y deprimentes. Me siento muy sola aquí, porque he visto una tierra mejor. Ojala pudiera tener alas como una paloma, porque entonces podría volar lejos al lugar de reposo. (71) 

El Hno. Hyde, quien se encontraba presente durante esta visión, compuso los siguientes versos, que han sido publicados muchas veces e incluidos en varios himnarios. Quienes los han publicado, leído y cantado, probablemente no saben que se originaron en una visión de una niña que era perseguida por su humilde testimonio. 
Hemos oído hablar de la tierra santa y radiante; 
hemos escuchado y nuestros corazones se regocijan; 
porque éramos un grupo solitario de peregrinos, 
fatigados, rendidos y tristes. 
Nos dicen que los santos tienen allí su morada. 
Ya no hay quienes no tienen hogar; 
Y sabemos que la buena tierra es hermosa, 
Donde corre el límpido río del agua de la vida. 
Dicen que allí ondean los campos verdes 
que nunca serán dañados por la plaga; 
y que los desiertos florecen con hermosura, 
y allí crecen las rosas de Sarón. 
En los verdes bosques hay bellas aves, 
de cantos alegres y dulces; 
y sus trinos brotan siempre nuevos, 
saludan la música de arpa de los ángeles. 
Hemos oído de las palmas, los vestidos y las coronas, 
banda blanca de plateado resplandor; 
de la hermosa ciudad con puertas perlinas, 
radiantes de luz. 
Hemos oído de los ángeles que allí moran, los santos, 
con sus arpas de oro, y cómo cantan; 
del monte, con el árbol de la vida y sus frutos, 
de las hojas que dan sanidad. 
El rey de ese país, es hermoso, 
es el gozo y la luz del lugar; 
allí lo contemplaremos en su hermosura, 
y nos complaceremos viendo su rostro sonriente. 
Estaremos allí, estaremos allí dentro de poco, 
nos uniremos con los puros y los bendecidos; 
tendremos la palma, el vestido y la corona, 
y reposaremos para siempre. (72) 1TI EGW

08. LLAMADA A VIAJAR. (APUNTES BIOGRÁFICOS DE ELENA G. DE WHITE). TESTIMONIO PARA LA IGLESIA. TOMO 1.


Relaté esta visión a los creyentes de Pórtland, quienes manifestaron completa confianza de que procedía de Dios. El Espíritu de Dios acompañó el testimonio, y la solemnidad de la eternidad reposó sobre nosotros. Se apoderó de mí un temor reverente indecible al ver que yo, tan joven y débil, fuera elegida como instrumento mediante el cual Dios impartiría luz a su pueblo. Mientras me encontraba bajo el poder del Señor me sentía llena de gozo, y me parecía estar rodeada por santos ángeles en las gloriosas cortes celestiales, donde todo es paz y gozo. Fue un cambio triste y amargo despertar a las realidades de la vida mortal. 

En una segunda visión, que pronto siguió a la primera, se me mostraron las pruebas por las que debía pasar, y se me dijo que era mi deber ir a referir a otros lo que Dios me había revelado. Se me mostró que mis labores despertarían gran oposición, y que el corazón se me llenaría de angustia, pero que la gracia de Dios sería suficiente para sostenerme. El contenido de esta visión me perturbó en gran medida, porque señalaba como mi deber ir hacia el pueblo a presentarle la verdad. 

Tenía una salud tan mala que sufría constantemente de dolores en el cuerpo, y según todas las apariencias, viviría sólo por un corto tiempo. Tenía solamente 17 años de edad, era de baja estatura y débil, no estaba acostumbrada al trato social, y era naturalmente tan tímida y retraída que me resultaba penoso encontrarme con gente desconocida. Oré fervorosamente durante varios días y hasta tarde en la noche para que se quitara de mí esa obligación y fuera dada a otra persona más capaz de soportarla. 

Pero la luz del deber no cambió, y las palabras del ángel resonaban continuamente en mis oídos: “Da a conocer a otros lo que te he revelado”. No podía reconciliarme con la idea de ir hacia la gente, y temía hacer frente a sus burlas y oposición. Tenía poca confianza en mí misma. Hasta entonces cuando el Espíritu de Dios me había urgido a cumplir mi deber, me había elevado por encima de mí misma, olvidando todo temor y timidez, y alentada por el pensamiento del amor de Jesús y de la obra admirable que había efectuado por mí. La seguridad constante de que estaba cumpliendo mi deber y obedeciendo la voluntad del (65) Señor me daba una confianza que me sorprendía. En tales ocasiones me sentía dispuesta a hacer o sufrir cualquier cosa a fin de ayudar a otros a recibir la luz y la paz de Jesús. 

Pero me parecía imposible llevar a cabo esta obra que se me había presentado; intentar hacerlo me parecía correr a un fracaso seguro. Las pruebas relacionadas con ellas me parecían más de lo que yo podía soportar. ¿Cómo podría yo, una niña, ir de lugar en lugar para desplegar ante la gente las santas verdades de Dios? 
Ese pensamiento me llenaba de temor. Mi hermano Roberto, que tenía sólo pocos años más que yo, no me podía acompañar, porque tenía mala salud y era aún más tímido que yo; no había nada que me hubiera podido inducir a dar ese paso. Mi padre debía trabajar para sostener a su familia, por lo que no podía abandonar su negocio; pero él me aseguró que si Dios me había llamado a trabajar en otros lugares, no dejaría de abrir el camino que yo debía recorrer. Pero esas palabras de ánimo llevaron poco alivio a mi corazón desvalido. El camino que debía recorrer me parecía lleno de dificultades que yo sería incapaz de vencer. 

Anhelaba la muerte como liberación de las responsabilidades que se acumulaban sobre mí. Finalmente me abandonó la dulce paz de la que había disfrutado durante tanto tiempo y me vi nuevamente asaltada por la desesperación. Mis oraciones parecían no producir resultado alguno y desapareció mi fe. Las palabras de consuelo, reproche o ánimo me sonaban indiferentes, porque me parecía que nadie podía comprenderme fuera de Dios, y él me había abandonado. El grupo de creyentes de Pórtland ignoraba las preocupaciones que me afligían y que me habían puesto en ese estado de desvanecimiento; pe¬ro sabían que yo había entrado en un estado de depresión por alguna razón, y pensaban que eso era un pecado de mi parte, considerando la forma misericordiosa en que Dios se había manifestado a mí. 

Temía que Dios me hubiera privado para siempre de su favor. Al pensar en la luz que anteriormente había bendecido mi alma, me pareció doblemente preciosa en contraste con las tinieblas que ahora me rodeaban. En la casa de mi padre se llevaban a cabo reuniones, pero yo no asistí a ellas durante un tiempo, debido a la congoja que me había sobrecogido. La carga que sobrellevaba se hizo más pesada hasta que mi agonía de espíritu parecía más de lo que podía soportar.(66) 

Finalmente me indujeron a asistir a una de las reuniones en mi propio hogar. La iglesia presentó mi caso como un tema especial de oración. Papá Pearson, quien en mi experiencia anterior se había opuesto a las manifestaciones del poder de Dios sobre mí, ahora oraba fervientemente por mí, y me aconsejaba a someter mi voluntad a la voluntad del Señor. Como un padre tierno procuró animarme y consolarme, rogándome que creyera que no había sido abandonada por el Amigo de los pecadores. 

Me sentía demasiado débil y desalentada para llevar a cabo algún esfuerzo especial por mí misma, pero en mi corazón me había unido a las peticiones de mis amigos. Ahora me importaba poco la oposición del mundo y me sentí dispuesta a llevar a cabo cualquier sacrificio si solamente Dios me restablecía su favor. Mientras se oraba por mí, las tinieblas se apartaron de mí repentinamente me invadió la luz. Me abandonaron mis fuerzas. Me parecía estar en presencia de los ángeles. Uno de esos seres santos nuevamente repitió las palabras: “Da a conocer a otros lo que te he revelado”. 
Un gran temor que me oprimía era que si obedecía el llamamiento al deber, y si declaraba que yo era una favorecida del Altísimo con visiones y revelaciones para la gente, podía ceder a la exaltación pecaminosa y elevarme por encima de la posición que se me había llamado a ocupar, con lo que acarrearía el desagrado de Dios y perdería mi propia alma. Tenía ante mí varios casos como el que he descrito aquí y mi corazón desfallecía ante la prueba que me esperaba. 

Ahora suplicaba que si debía ir y relatar lo que el Señor me había mostrado, que fuera preservada de la tendencia a exaltarme indebidamente. El ángel dijo: “Tus oraciones han sido escuchadas y serán contestadas. Si te amenaza ese mal que tanto temes, la mano de Dios se extenderá para salvarte; mediante la aflicción él te atraerá hacia sí mismo y preservará tu humildad. Da fielmente el mensaje. Permanece firme hasta el fin y comerás el fruto del árbol de la vida y beberás del agua de la vida”. 
Después de recuperar la conciencia de las cosas terrenas, me entregué al Señor, lista para cumplir sus órdenes, cualesquiera que éstas fueran. Providencialmente se presentó la oportunidad de ir con mi cuñado y mis hermanos a un pueblo denominado Polonia, a 45 Kilómetros de mi hogar. Allí tuve ocasión de presentar mi testimonio. 

Había tenido la garganta y los pulmones tan enfermos durante tres meses, que apenas podía hablar con voz baja y ronca. En esa (67) ocasión me puse de pie durante la reunión y comencé a hablar en un susurro. Continué en esa forma durante cinco minutos, después de lo cual el dolor y la obstrucción des¬aparecieron de mi garganta y mis pulmones, mi voz se tornó clara y fuerte y hablé con perfecta facilidad y libertad durante casi dos horas. 

Cuando concluí mi mensaje, perdí mi voz hasta cuando nuevamente me puse en pie delante de la congregación y se llevó a cabo la misma restauración singular. Sentí la seguridad constante de que estaba haciendo la voluntad de Dios y mis esfuerzos produjeron resultados notables. 
Se presentó la oportunidad providencial de viajar al sector este del Estado de Maine. El Hno. William Jordan iba en viaje de negocios a Orrington, acompañado por su hermana, y me invitaron a ir con ellos. Como había prometido al Señor ir por el camino que él me señalara, no me atreví a negarme. En Orrington conocí al pastor Jaime White. Conocía a mis amigos y él mismo se encontraba dedicado a trabajar en la obra de salvación. 

El Espíritu de Dios acompañó el mensaje que presenté; los corazones se regocijaron en la verdad y los desanimados se alegraron y se sintieron animados a renovar su fe. En la localidad de Garland se reunió una numerosa multitud procedente de diferentes sectores para escuchar el mensaje. Pero me encontraba sumamente preocupada porque había recibido una carta de mi madre en la que me rogaba que regresara al hogar, pues circulaban falsos informes respecto a mí. Este fue un golpe inesperado. Mi nombre había estado siempre libre de la sombra del reproche y mi reputación era algo que yo apreciaba mucho. También me sentí afligida porque mi madre tenía que sufrir por mí; amaba mucho a sus hijos y era muy sensible cuando se trataba de ellos. Si hubiera tenido la oportunidad habría regresado inmediatamente a casa, pero eso resultaba imposible. 

Mi aflicción era tan grande que me sentí demasiado deprimida para hablar esa noche. Mis amigos me instaron a que confiara en el Señor y finalmente los hermanos se reunieron a orar por mí. Pronto la bendición del Señor descansó sobre mí y di mi testimonio esa noche con gran libertad. Parecía que un ángel se encontraba a mi lado para fortalecerme. 

En esa casa se escucharon exclamaciones de gloria y victoria y la presencia de Jesús se sintió entre nosotros. 
En mis trabajos se me llamó a oponerme contra las acciones de algunas personas que en su fanatismo estaban acarreando oprobio sobre la causa de Dios. Esos fanáticos pensaban que la religión consistía (68) en grandes manifestaciones de agitación y ruido. Hablaban en una forma que irritaba a los incrédulos y los hacía odiarlos a ellos y las doctrinas que enseñaban; y ellos, debido a eso, se regocijaban porque sufrían persecución. 

Los incrédulos no lograban ver coherencia en su conducta. Como resultado de esto, en algunos lugares la gente impidió a los hermanos que se reunieran para tener sus cultos. Los inocentes sufrieron con los culpables. 

Yo me sentía muy afligida la mayor parte del tiempo. Parecía una crueldad que la causa de Cristo sufriera perjuicio debido al comportamiento de esos hombres poco juiciosos. No sólo estaban arruinando sus propias almas, sino también estaban colocando sobre la causa en estigma que no sería fácil quitar. Y Satanás se complacía con eso. Le convenía mucho que la verdad fuera manejada por hombres no santificados, y que se mezclara con el error para que todo fuera arrastrado por el polvo. Contemplaba con aire de triunfo el estado de confusión y la dispersión de los hijos de Dios. 

Una de esas personas fanáticas trabajó con cierta medida de éxito para indisponer contra mí a mis amigos y aun a mis familiares. Debido a que yo había relatado fielmente lo que se me había mostrado con respeto a su comportamiento no cristiano, él hizo circular falsedades para destruir mi influencia y justificarse a sí mismo. Mi suerte era muy dura. El desánimo me asaltaba intensamente, y la condición del pueblo de Dios me llenaba tanto de angustia que durante dos semanas me sentí postrada y enferma.

 Mis amigos pensaban que no podría vivir, pero los hermanos que simpatizaban conmigo en esa aflicción se reunieron para orar en mi favor. Pronto comprendí que se ofrecían oraciones fervorosas y eficaces por mi restablecimiento. La oración prevaleció. El poder del enemigo fue quebrantado y yo fui libertada. Inmediatamente se me dio una visión. En ella vi que si sentía que influencias humanas afectaban mi testimonio, no importaba dónde ocurriera eso, lo único que tenía que hacer era clamar a Dios, porque él enviaría un ángel en mi rescate. Ya tenía un ángel guardián que me asistía continuamente, pero cuando fuera necesario, el Señor enviaría a otro para que me elevara por encima del poder de toda influencia terrena. 1TI EGW

07. MI PRIMERA VISIÓN. (APUNTES BIOGRÁFICOS DE ELENA G. DE WHITE). TESTIMONIO PARA LA IGLESIA. TOMO 1.


Recibí mi primera visión no mucho tiempo después de haber transcurrido el chasco de 1844. Visitaba a una apreciada hermana en Cristo con quien teníamos gran amistad. En esa ocasión, cinco de nosotras, todas mujeres, estábamos arrodilladas en el altar de la familia. Mientras orábamos, sentí el poder de Dios sobre mí como nunca antes lo había sentido. Me parecía estar rodeada de luz, mientras me elevaba cada vez a mayor distancia de la tierra. 

Me volví para mirar al pueblo adventista en el mundo, pero no pude encontrarlo, y en eso una voz me dijo: “Mira otra vez, y mira un poco más arriba”. Levanté la vista y vi un sendero recto y estrecho que corría muy por encima del mundo. 

El pueblo adventista viajaba por él hacia la ciudad. Detrás de él, al comienzo del sendero, había una luz brillante que un ángel identificó como el clamor de medianoche. La luz brillaba en todo el sendero para que los pies de los caminantes no tropezaran. Jesús mismo conducía a su pueblo y éste estaba a salvo mientras mantenía sus ojos fijos en él. Pero pronto muchos se cansaron, porque consideraban que la ciudad estaba demasiado lejos y esperaban haber llegado ya. Jesús los animaba levantando su glorioso brazo derecho, del que procedía una luz que se extendía hacia el grupo adventista y ellos exclamaban: “¡Aleluya!” 

Otros temerariamente negaban la luz que había detrás de ellos y decían que no era Dios el que los había guiado hasta entonces. En esos casos la luz que había detrás de ellos se apagaba y dejaba sus pies en completas tinieblas, por lo que éstos tropezaban y perdían de vista el sendero y a Jesús, y caían en las tinieblas del mundo malvado que yacía por debajo. 

Pronto escuchamos la voz de Dios que sonaba como muchas aguas, y que nos daba el día y la hora de la venida de Jesús. Los santos vivos, 144.000, conocieron y comprendieron la voz, mientras que los malvados pensaron que se trataba de un trueno y un terremoto. Cuando Dios pronunció la fecha, derramó sobre nosotros el Espíritu Santo y nuestros rostros comenzaron a brillar con la gloria de Dios, tal como ocurrió con el rostro de moisés cuando descendió del monte Sinaí. 

Los 144.000 estaban todos sellados y perfectamente unidos. Sobre sus frentes aparecían las palabras: Dios, nueva Jerusalén y una gloriosa estrella con el nuevo nombre de Jesús. Los malvados(62) se enfurecieron al contemplar esta gozosa y santa condición y se aproximaron con violencia para apoderarse de nosotros y arrojarnos en la prisión; pero nosotros extendíamos la mano en el nombre del Señor y ellos caían postrados en tierra. En ese momento la sinagoga de Satanás supo que Dios nos amaba a quienes podíamos lavarnos los pies unos a otros y saludar a los hermanos con ósculo sagrado; y adoraron a Dios a nuestros pies. 


Pronto nuestra vista fue atraída hacia el oriente, donde había aparecido una pequeña nube negra, de la mitad del tamaño de la mano de un hombre, la que todos sabíamos era la señal del Hijo del hombre. Contemplamos la nube en solemne silencio mientras ésta se aproximaba y se tornaba de color más claro, y cada vez aparecía más gloriosa, hasta que se convirtió en una gran nube blanca. La parte inferior parecía de fuego; por encima de ella se veía un arco iris y a su alrededor había diez mil ángeles que entonaban un hermosísimo himno; y sobre la nube se encontraba sentado el Hijo del hombre. Su cabello blanco y rizado le caía sobre los hombros y en la cabeza llevaba numerosas coronas. 


Sus pies tenían la apariencia de fuego; en la mano derecha sostenía una hoz aguda y en la izquierda, una trompeta de plata. Sus ojos eran como llama de fuego que escudriñaban a sus hijos. 
Todos los rostros se pusieron pálidos, y los rostros de quienes Dios había rechazado se pusieron sombríos. Entonces todos exclamamos: “¿Quién podrá permanecer en pie? ¿Tengo yo mi vestido inmaculado?” 

Los ángeles dejaron de cantar y se produjo un momento de terrible silencio mientras Jesús hablaba: “Los que tengan manos limpias y corazones puros podrán permanecer firmes; mi gracia es suficiente para vosotros”. Después de eso nuestros rostros se iluminaron y nuestros corazones se llenaron de gozo. Los ángeles volvieron a cantar con júbilo mientras la nube se aproximaba aún más a la tierra. Luego resonó la trompeta de plata de Jesús mientras descendía en la nube rodeado de llamas de fuego. 

Contempló las tumbas de los santos que dormían, y luego elevó su vista y sus manos hacia el cielo y exclamó: “¡Despertaos! ¡Despertaos, vosotros que dormís en el polvo, y levantaos!” A continuación se produjo un terrible terremoto. Las tumbas se abrieron y los muertos salieron vestidos de inmortalidad. 
Los 144.000 exclamaron: “¡Aleluya!” al reconocer a sus amigos que habían sido arrancados de su lado por la muerte, y en ese mismo momento fuimos transformados y nos unimos con ellos para recibir al Señor en el aire. (63) 

Entramos todos juntos en la nube y pasamos siete días subiendo hasta llegar al mar de vidrio. Jesús trajo las coronas y con su propia mano las colocó sobre nuestras cabezas. Nos entregó arpas de oro y palmas de victoria. 

Los 144.000 formaron su cuadrado perfecto sobre el mar de vidrio. Las coronas de algunos eran muy brillantes, en cambio las de otros no lo eran tanto. Algunas coronas parecían cuajadas de estrellas mientras que otras tenían solamente pocas. Pero estaban perfectamente satisfechos con sus coronas. Y todos estaban vestidos con un glorioso manto blanco que les caía desde los hombros hasta los pies. 

Los ángeles nos rodeaban mientras marchábamos por el mar de vidrio hacia las puertas de la gran ciudad. Jesús levantó su poderoso y glorioso brazo e hizo girar la puerta de perla sobre sus brillantes goznes, mientras nos decía: “Habéis lavado vuestros vestidos en mi sangre y habéis permanecido firmes por mi verdad, entrad”. Todos entramos y tuvimos la sensación de que teníamos perfecto derecho de encontrarnos allí. 

Dentro de la ciudad vimos el árbol de la vida y el trono de Dios. Del trono salía un río de aguas puras, y a cada lado del río se encontraba el árbol de la vida. A un lado se encontraba un tronco de un árbol y al otro lado del río había otro tronco, y ambos eran de oro puro transparente. 

Al comienzo pensé que veía dos árboles; pero al mirar nuevamente vi que el follaje de éstos se unía para formar un solo árbol. De modo que el árbol de la vida se encontraba a ambos lados del río de la vida. Sus ramas descendían hasta el lugar donde nos encontrábamos y estaban llenas de un fruto admirable que tenía la apariencia de oro mezclado con plata. 

Nos pusimos debajo del árbol y nos sentamos a contemplar la gloria de aquel lugar. De pronto se aproximaron a nosotros los hermanos Fitch y Stockman, quienes habían predicado el Evangelio del reino y a quienes Dios había hecho descender a la tumba para salvarlos; nos preguntaron lo que había sucedido mientras ellos dormían en el sepulcro. Procuramos recordar nuestras grandes pruebas, pero nos parecían tan pequeñas comparadas con el más excelente y eterno peso de gloria que ahora nos rodeaba, que nos fue imposible hablar de esos acontecimientos, y sólo nos limitamos a exclamar. “¡Aleluya! El precio que hemos pagado por el cielo ha sido escaso”, y tocamos nuestras arpas de oro e hicimos resonar las bóvedas celestes. 1TI EGW