Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y
se unirá a su mujer, y serán
una sola carne. (Gén. 2:24).
Vosotros, hijos míos*,
habéis entregado vuestros corazones el uno al otro; unidos dadlos enteramente,
sin reservas, a Dios. En vuestra vida de casados, tratad de elevaros
mutuamente. No os rebajéis a conversaciones y acciones triviales.
Mostrad los altos y
elevadores principios de vuestra fe santa en vuestra conversación diaria y en
los caminos más privados de la vida. Sed siempre cuidadosos y tiernos en
vuestros sentimientos mutuos.
Ninguno de vosotros se
permita, ni siquiera una vez, una burla, una broma o una censura para el otro.
Estas cosas son peligrosas, hieren. Puede esconderse la herida, pero existirá,
y la paz habrá sido sacrificada y se habrá puesto en peligro la felicidad
cuando podría habérsela conservado fácilmente.
Hijo, ten cuidado de ti mismo y en ningún caso manifiestes la menor disposición que tenga
sabor de espíritu dictatorial u opresor. Valdrá la
pena que cuides tus palabras antes de hablar.
Es más fácil que retirarlas o borrar después su impresión...
Habla siempre bondadosamente; nunca pongas en tu tono de voz lo que otros
puedan tomar por irritabilidad. Modula aun el tono de tu voz.
Que tu rostro y tu voz
expresen tan sólo amor, cortesía y mansedumbre. Considera como una obligación
emitir rayos de luz, pero nunca una nube. Ema será para ti todo lo que deseas
si estás atento y no le das ocasión de sentirse angustiada y afligida, o de
dudar de lo genuino de tu amor.
Vosotros mismos podéis hacer vuestra felicidad o perderla. Podéis, tratando de conformar vuestra
vida a la Palabra de Dios, ser veraces, nobles, elevados, y allanar el
camino de la vida el uno al otro...
Ceded
mutuamente. Edson, no salgas siempre con la tuya... Que las mejores bendiciones
del cielo descansen sobre vosotros, queridos hijos, es la oración de vuestra
madre (Carta 24, 1870). ELC 205
AUDIO.
https://youtu.be/RE6I2ku03LQ