Porque ya conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que por amor a vosotros se hizo
pobre, siendo rico, para que vosotros con su pobreza fueseis enriquecidos. (2 Cor. 8:9).
Visitamos los antiguos
palacios reales de Francia, que servían de morada a los reyes cuando este país
era un reino... Pensé en los reyes que una vez cruzaron por esos grandes
salones y que ahora adornaban esas galerías. ¿Dónde está ahora su grandeza
humana?...
Luego recordamos a
Jesús que vino a nuestro mundo con sus benditos propósitos de
amor, que se despojó a sí mismo de su ropaje real y su corona, que
descendió del trono regio, que vistió su divinidad con humanidad
y vino a nuestro mundo para transformarse en varón de dolores, experimentado
en quebrantos.
Lo vemos entre los pobres, bendiciendo
a los afligidos, sanando a los enfermos, mitigando las dolencias
propias de la edad avanzada, y alcanzando con su divina piedad hasta
las mismas profundidades de la miseria humana. Aun se compadeció
de las tristezas y las necesidades de los niñitos...
Ángeles han sido
enviados como mensajeros de misericordia a los angustiados, a los
dolientes. Estos ángeles del mundo de luz, de la gloria infinita de
Dios delante del trono, cumplen misiones de amor, cuidado y
misericordia para los dolientes de la humanidad.
Pero hay un cuadro de
humillación mayor que éste: el Señor, el Hijo del Padre Infinito... el
Príncipe de los reyes de la tierra, el que nos amó, el que nos lavó de nuestros
pecados en su propia sangre...
¿Qué es la obra de los ángeles comparada con la humillación de Cristo? Su trono es desde la eternidad.
El levantó cada arco y cada columna del gran templo de la naturaleza. Contempladlo, el principio de la creación de Dios, el que cuenta los astros, el que creó los mundos entre los cuales esta tierra no es más que una manchita... Las naciones delante de él no son más que "la gota de agua que cae del cubo, y como menudo polvo en las balanzas…" (Isa. 40:15)...
Contemplad al Señor, al glorioso
Redentor, como un habitante más del mundo que creara, y sin embargo
desconocido por los mismos a quienes manifestó tan grande
interés, para bendecirlos y salvarlos... ¡Qué condescendencia
hacia los hombres caídos de la tierra! ¡Qué maravilloso amor!
(Manuscrito 75, 1886). ELC41
AUDIO. https://youtu.be/awzim_zWrxs