Habéis, pues, de serme santos, porque yo Jehová soy santo, y
os he apartado de los pueblos
para que seáis míos. (Lev. 20:26).
El carácter de aquel que acude a Dios por la fe dará testimonio de que el Salvador ha entrado en su vida dirigiéndolo todo, penetrándolo todo. Tal persona siempre se preguntará: "¿Es ésta tu voluntad y es éste tu camino, mi Salvador?" Constantemente contemplará a Jesús, el autor y consumador de su fe.
Consulta la voluntad
de su divino Amigo en cuanto a todas sus acciones, porque sabe que en esta
confianza está su fuerza. Ha desarrollado el hábito de elevar su corazón a Dios
en cada perplejidad e incertidumbre.
El que acepta a Dios como su Soberano debe prestar el juramento de fidelidad a él. Debe vestir el uniforme cristiano y enarbolar la bandera que muestra a qué ejército pertenece. Debe hacer plena
confesión de su fidelidad a Cristo. Es imposible esconderla.
La divisa de Cristo debe aparecer en la vida en obras santificadas.
"Yo Jehová vuestro Dios, que os he apartado de los pueblos". "Habéis, pues, de serme santos, porque yo Jehová soy santo, y os he apartado de los pueblos para que seáis míos". "Y el mismo Dios de paz os santifique por completo; y todo vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, sea guardado irreprensible para la
venida de nuestro Señor Jesucristo". "Este pueblo he creado para mí;
mis alabanzas publicará". "Mas vosotros sois linaje escogido, real
sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las
virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable" (Lev.
20:24, 26; 1 Tes. 5:23; Isa. 43:21; 1 Ped, 2:9)...
La completa sujeción
mediante Cristo a la voluntad de Dios es nuestra única salvaguardia. Los
pensamientos e impulsos egoístas que asolan el alma produciendo notas
discordantes, pueden ser separados de la vida solamente cuando el ser entero
esté bajo el control de Cristo.
Las
palabras del Salvador a todos los elementos indómitos son: "Calla,
enmudece". Cristo da la bienvenida a todos los que lo aceptan como su
Salvador, y reina sobre ellos como su rey...
Nuestro celo por el avance del reino de Dios debe distinguirnos como
súbditos fieles de
la cruz de Cristo (Manuscrito 82, 1900). ELC 190
AUDIO. https://youtu.be/N0s9we3n2vQ