¿A quién tengo yo en los cielos sino a ti? Y fuera de ti nada deseo en la tierra. (Sal. 73:25).
El alma que mantiene encendido el amor de Cristo está llena de libertad, de luz y gozo en Cristo.
En un alma tal no hay pensamientos
divididos. El hombre entero desea ardientemente a Dios.
No acude a los hombres en busca de consejo, para conocer su
deber, sino al Señor Jesús, la fuente de toda sabiduría. Investiga la Palabra
de Dios para encontrar en ella cuanta norma haya sido establecida.
¿Podremos encontrar
una guía más segura que el Señor Jesús? La verdadera religión está comprendida en la Palabra de Dios y consiste en estar bajo
la dirección del Santo en pensamiento, palabra y hecho.
El que es el camino, la verdad y la vida toma a la persona humilde, ferviente y devota que lo busca y le dice: Sígueme. La guía por el camino angosto a la santidad y al cielo. Cristo ha abierto este camino para nosotros con un gran costo para sí mismo.
No se nos ha dejado que tropecemos en las tinieblas mientras
vamos por el camino. Jesús está a nuestra diestra proclamando: Yo soy el
camino. Y todos los que decidan seguir plenamente al Señor serán guiados por la
senda real, y más que esto, por el sendero divino trazado para que los
redimidos del Señor vayan por él (Manuscrito 130,
1897).
Cuanto más aprendemos
de Cristo por su Palabra, tanto más sentimos nuestra necesidad de él en nuestra
experiencia. No deberíamos detenernos hasta que podamos descansar al llevar el
yugo de Cristo y sus cargas.
Cuanto más fieles
seamos en su servicio, tanto más lo amaremos, tanto más lo ensalzaremos. Todo
deber, grande o pequeño, que realicemos, será hecho con fidelidad, y al seguir
conociendo a nuestro Señor, tanto mayor y será nuestro deseo de glorificarlo (Id.
131 1897)...
¿Podemos decir al contemplar a nuestro Redentor: "¿A quién tengo
yo en los cielos sino a ti? ¿Y fuera de ti nada deseo en la tierra"?
(Ibíd.). ELC 143
AUDIO.
https://youtu.be/Atd_G-0YEwQ