Pues para esto fuisteis llamados; porque también Cristo padeció por nosotros, dejándonos ejemplo,
para que sigáis sus pisadas; el cual no hizo pecado, ni se halló engaño en su boca. (1 Ped. 2:21, 22).
Cristo vino a la tierra y vivió una vida de perfecta obediencia para que los hombres y las mujeres, mediante su gracia, pudieran también vivir vidas de perfecta obediencia... Ante nosotros está la maravillosa posibilidad de ser obedientes como Cristo a todos los principios de la ley de Dios.
Pero somos incapaces al extremo de alcanzar
por nosotros mismos esa posición.
Todo lo que es bueno en el hombre, le llega mediante Cristo,
la santidad que la palabra de Dios, dice que debemos tener, antes de poder ser
salvados, es el resultado de la obra de la gracia divina [que se nos imparte]
cuando nos sometemos, a la disciplina y a la influencia moderadora, del
espíritu de verdad.
La obediencia del hombre puede ser hecha perfecta sólo por
el incienso de la justicia de Cristo que llena de fragancia divina cada acto de
verdadera obediencia. La parte del cristiano consiste en perseverar en la tarea
de vencer toda falta.
Debe orar constantemente al salvador que sane las dolencias
de su alma enferma. No tiene la sabiduría y la fuerza sin las cuales no puede
vencer. Estas pertenecen al Señor quien las concede aquellos que con humildad y
contrición lo buscan pidiendo ayuda...
Dios hará más que cumplir las más elevadas expectativas de
los que confían en él. Desea que recordemos que si somos humildes y
contritos estaremos donde él puede y quiere manifestarse a nosotros.
Se complace cuando le presentamos sus mercedes y bendiciones del pasado como
una razón por la cual debe
concedernos bendiciones mayores y más abundantes.
Es honrado cuando lo amamos y damos
testimonio de la sinceridad de nuestro amor guardando sus
mandamientos... No hay nada tan grande y poderoso como el amor de
Dios por los que son sus hijos (Review and Herald, 15 de marzo, 1906). ELC 130
AUDIO. https://youtu.be/j_Z84Pxp3EM