El cual nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que podamos también nosotros consolar a los que están en cualquier tribulación, por medio de la consolación con que nosotros somos consolados por Dios. (2 Cor. 1:4).
Los que han soportado los mayores sufrimientos son
frecuentemente quienes proporcionan mayor consuelo a otros... Los tales han
sido purificados y dulcificados por sus aflicciones; no perdieron su confianza
en Dios cuando los asaltó la prueba, sino que se unieron más estrechamente a su
amor protector.
Los tales son pruebas vivientes del tierno cuidado de Dios, quien
hace la oscuridad, así como la luz y nos castiga para nuestro bien...
(Discurso de la Sra. White a los pacientes del Sanatorio en
Goguac Lake, folleto de 1878, pág. 26).
Es egoísta dedicar nuestro precioso tiempo a lamentar
nuestras frustradas esperanzas... Deberíamos ser animosos, aunque fuera
únicamente por el beneficio de aquellos que dependen más o menos de nosotros
para su felicidad...
Dejemos que la nube que nos ensombrece cruce, mientras esperamos pacientemente hasta que el limpio cielo azul aparezca otra vez, y la bendita luz del sol sea revelada...Olvidemos todos el yo tanto como sea posible, cultivemos la jovialidad, busquemos alegrar las vidas de otros y entonces tendremos menos deseos de lamentar nuestra propia suerte...
El afligido puede reanimarse, el desalentado puede tomar
esperanza, pues en Jesús tienen un amigo que simpatiza. Podemos volcar en sus
compasivos oídos todas nuestras pruebas y dolores.
Cuando nos reunimos no sea para hablar de tinieblas e
incredulidad, para repasar los capítulos sombríos de la experiencia de nuestra
vida. Hablemos del amor de Dios que se nos ha manifestado, que se advierte en
la naturaleza, en el firmamento y en todas las sabias disposiciones de la
Providencia.
Busquemos los rayos de la luz del sol que ha iluminado nuestro sendero y detengámonos sobre su recuerdo con corazones agradecidos. Espaciémonos en el incomparable amor de Cristo, pues en él
tenemos un constante tema de regocijo. En él no hay tinieblas. Él es la luz de la vida,
señalado entre diez mil, y todo él codiciable (Ibíd., págs. 25-27). ELC 274
AUDIO. https://youtu.be/ElHUI2du0RE