Hermanos,
Yo mismo no pretendo haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando
ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo
a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús. (Fil.
3:13, 14).
En la carrera celestial, todos podemos correr, y recibir el premio. En esto no hay incertidumbre ni riesgo. Debemos revestirnos de las gracias celestiales y con los ojos dirigidos hacia arriba, a la corona de la inmortalidad, tener siempre presente el Modelo...
Debemos tener constantemente presente la vida de humildad y
abnegación de nuestro divino Señor. Y a medida que procuramos imitarlo,
manteniendo los ojos fijos en el premio, podemos correr esa carrera con
certidumbre, sabiendo que si hacemos lo mejor que podemos, lo alcanzaremos con
seguridad...
Ya que tenemos este gran incentivo, ¿no podemos correr "…con
paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús, el
autor y consumador de la fe…" (Heb. 12:1,2)? Él nos ha indicado el camino,
y lo ha señalado con sus pisadas en todo el trayecto (Joyas de los testimonios, tomo I, págs. 184, 185).
No manifestéis incredulidad. No tenéis excusa para hacerlo. Cristo realizó un sacrificio completo por vosotros, para que estéis cumplidos en él delante de Dios. A Dios no le agrada nuestra falta de fe.
La incredulidad siempre separa el alma del lado de Cristo. No es digno de alabanza hablar de nuestra debilidad y desaliento. Diga cada uno: "Estoy apesadumbrado porque cedo a la tentación, porque mis oraciones son tan débiles y mi fe tan escasa.
No tengo excusa para
defenderme por estar siendo empequeñecido en mi vida religiosa. Pero estoy
tratando de lograr la entereza de carácter en Cristo. He pecado, y aun así amo
a Jesús. He caído muchas veces, y con todo, él ha tendido su mano para
salvarme. Le he contado todos mis errores.
He confesado con vergüenza y dolor que lo he deshonrado. He mirado a la cruz y he dicho: todo esto sufrió por mí. El Espíritu Santo me ha mostrado mi ingratitud, mi pecado, al exponer a Cristo a la
vergüenza pública. El, que no conoce
pecado, me ha perdonado. Me llama a una vida más noble, elevada, y yo prosigo a
las cosas que están delante" (Review and
Herald, 10 de marzo, 1904). ELC 277
AUDIO. https://youtu.be/k8uzxSQljm4