Por
tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria
del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por
el Espíritu del Señor (2 Cor. 3:18).
Aun al observar un
momento el sol en su gloria meridiana, cuando apartamos nuestros ojos, su
imagen aparecerá en todo cuanto veamos. Así ocurre cuando contemplamos a Jesús;
todo lo que miramos refleja su imagen, la imagen del Sol de Justicia.
No podemos ver ninguna
otra cosa, ni hablar de ninguna otra cosa. Su imagen está impresa en los
ojos del alma, y afecta toda porción de nuestra vida diaria, suavizando y
subyugando toda nuestra naturaleza. Al contemplar, somos conformados a la
semejanza divina, a la semejanza de Cristo. Ante todos aquellos con quienes nos
asociamos reflejamos los brillantes y alegres rayos de su justicia (Testimonios
para los ministros, pág. 395).
Jesús era el modelo perfecto de lo que deberíamos ser nosotros.
Era el observador más estricto de la ley de su Padre, sin
embargo se movía en perfecta libertad.
Tenía
todo el fervor de la persona entusiasta,
pero era sereno, templado y dueño de sí mismo.
Estaba
por encima de los negocios comunes del mundo, pero no se excluyó de la
sociedad. Comía con publicanos y pecadores, jugaba con los niñitos, los tomaba
en sus brazos y los bendecía, Honró la fiesta de bodas con su presencia.
Derramó lágrimas ante la tumba de
Lázaro. Era un amante de las cosas hermosas de la naturaleza y usaba
los lirios para ilustrar el valor de la sencillez natural a la vista de Dios,
más allá de la ostentación artificial. Usaba el oficio del agricultor
para ilustrar las más sublimes verdades del reino de Dios.
Su celo nunca degeneró en pasión, ni su firmeza en obstinación egoísta. Su benevolencia nunca se tiñó de debilidad, ni su simpatía de sentimentalismo. Combinó la inocencia y la sencillez del niño con la fuerza viril, y la devoción a Dios absorbente con el tierno amor por los seres humanos.
Tenía una
dignidad que infundía respeto pero estaba combinada con la gracia de
la humildad que desarma. Manifestó firmeza inquebrantable pero
atemperada por la dulzura (Carta 66, 1878). ELC 55
AUDIO.
https://youtu.be/zN3OkePG9Rc