Por
tanto, dejando ya los rudimentos de la doctrina de Cristo, vamos adelante a la
perfección; no echando otra vez el fundamento del arrepentimiento de obras muertas,
de la fe en Dios. (Heb. 6:1).
En la puerta de
entrada del sendero que conduce a la vida eterna Dios pone la fe y reviste todo
el camino con la luz, la paz, y el gozo de la obediencia voluntaria. El viajero
de esta manera mantiene siempre delante de él la marca de su elevada vocación en
Cristo.
El premio está siempre a
la vista. Para él los mandamientos de Dios son justicia, y paz y gozo en el
Espíritu Santo. Las cosas que primero parecían ser cruces, por medio de la
experiencia se descubre que son coronas.
"Aprended de mí", es la orden del Salvador. Sí, aprended de él cómo vivir
la vida de Cristo, una vida pura y santa, libre de toda mancha de pecado...
El progreso, no el estancamiento, es la ley del cielo. El
progreso es la ley de toda facultad de la mente y del cuerpo. Las cosas de la
naturaleza obedecen esta ley. En el campo, primero se ve la hoja, luego la
espiga, después el grano lleno en la espiga.
En
la vida espiritual, como en la vida física, debe haber crecimiento. Debemos
avanzar paso a paso, siempre recibiendo e impartiendo, siempre ganando un
conocimiento más completo de Cristo, aproximándonos diariamente cada vez más
cerca a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo.
El cristiano es primero un recién nacido en Cristo. Luego se transforma en niño. Debe realizar continuos avances en proporción a las oportunidades y privilegios que se le conceden. Siempre debe recordar que no se pertenece a sí mismo, que ha sido comprado con precio y que debe hacer el mejor uso posible de los talentos que se le han confiado.
Aun en la infancia de su entendimiento espiritual el cristiano debe esforzarse para hacer el más
decidido avance hacia la vida más elevada y más santa (Review and Herald, 9 de mayo, 1907).
ELC 184
AUDIO.
https://youtu.be/Iu4yU_Qnkoo