Yo en ellos, y tú en mí, para que sean perfectos en unidad, para que el mundo conozca que
tú me enviaste, y que los has amado a ellos como también a mí me has amado. (Juan 17:23).
Parecería casi demasiado hermoso creer que el Padre puede y quiere amar a cada miembro de la
familia humana como ama a su Hijo. Pero tenemos la seguridad de que es
así, y esta seguridad debería traer gozo a cada corazón, despertar
la reverencia más elevada y provocar una gratitud indecible. El amor
de Dios no es incierto e irreal, sino una realidad viviente (Manuscrito
31, 1911).
El
Creador de todos los mundos se propone amar a los que creen en su Hijo
unigénito como su Salvador personal, así como él ama a su Hijo. Aun aquí ahora
se extiende su bondadoso favor sobre nosotros en esta maravillosa medida...
Además de todo lo que nos
ha prometido para la vida venidera, también nos extiende magníficos regalos en
esta vida, y como súbditos de su gracia él quisiera que gozáramos de todo lo
que ennoblece, amplía y eleva nuestros caracteres. Su plan es hacernos idóneos
para los lugares celestiales (Fundamentals of Christian Education, pág. 234).
En la vida del hombre
deben hacerse muchas cosas sagradas y seculares, algunas en los
negocios, algunas en el ministerio de la Palabra y otras en las
diferentes ocupaciones; pero cuando un hombre se entrega a Cristo y
ama a Dios de todo su corazón, con toda su mente, con toda su
alma y con todas sus fuerzas, servirá con una devoción que
abarcará su ser entero...
Reconocerá quién es el Dueño de sus facultades, el Dueño de todo su ser. Esta consagración
revestirá su vida entera de un carácter sagrado que lo hará gentil, amable y
cortés.
Todo
acto de su vida será un acto consagrado.
"Santidad a Jehová", será su lema. Está bajo Cristo,
preparándose para el superior grado celestial (Manuscrito 21, 1911,). ELC
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AUDIO.
https://youtu.be/D2vaiczuCRk