Por
tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre
del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las
cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta
el fin del mundo. Amén. (Mat. 28:19,20).
El último acto de Cristo antes de abandonar la tierra fue
comisionar a sus embajadores para que fueran al mundo con su verdad. Sus
últimas palabras las dirigió a sus discípulos para impresionarlos con el
pensamiento de que se les confiaba el mensaje del cielo para el mundo...
Si sólo comprendiéramos cuán fervorosamente trabajó Jesús para
sembrar el mundo con la semilla del Evangelio, nosotros, que vivimos en el
mismo fin del tiempo de gracia, trabajaríamos sin descanso para dar el pan de
vida a las almas que perecen...
Dios pide que cada miembro de la iglesia entre en su servicio. La verdad que no
se vive, que no se imparte a otros, pierde su poder
vivificante, su virtud sanadora.
Cada uno debe aprender a trabajar, y a permanecer en su tarea y
lugar como uno que lleva una carga. Toda adición a la iglesia debiera ser un
elemento más para el cumplimiento del gran plan de la redención.
La iglesia entera, obrando como una unidad, combinándose en
unión perfecta, ha de ser una agencia misionera viviente, activa, impulsada y
dominada por el Espíritu Santo (Review and Herald,
29 de abril, 1909).
Es
una ley del cielo, que así como recibimos hemos de impartir. El cristiano debe
ser un agente benéfico para otros; así él mismo se beneficia. "…El que
saciare, él también será saciado" (Prov. 11:25).
Esta
no es una simple promesa. Es una ley de la divina administración de Dios, una
ley por la cual dispone que las corrientes de beneficencia se han de mantener,
como las aguas del gran mar, en constante circulación, fluyendo perpetuamente
hacia su origen. En el cumplimiento de esta ley radica el poder de las misiones
cristianas (Id., 12 de agosto, 1909). ELC 318
AUDIO. https://youtu.be/kG9mVVTbs6o


