Y todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, lo haré,
para que el Padre sea glorificado en el Hijo. (Juan 14:13).
Estoy tan agradecida porque podemos confiar en Dios. Y el Señor es honrado
cuando confiamos en él, y le
llevamos todas nuestras perplejidades...
El Señor Jehová no consideró completos los principios de salvación mientras
estuvieran vestidos únicamente con su propio amor. Por su propio designio
ha puesto en su altar un Abogado vestido de nuestra naturaleza.
Como nuestro
Intercesor, su tarea consiste en presentarnos a Dios como sus hijos e hijas.
Cristo intercede en favor de los que lo han recibido. Les da poder,
por virtud de sus propios méritos, para llegar a ser miembros de la
familia real, hijos del celeste rey.
Y el Padre demuestra su infinito amor por
Cristo, que pagó nuestro rescate con su sangre, recibiendo y dando la
bienvenida a los amigos de Cristo como a sus amigos. Él está
satisfecho con la expiación hecha. Está glorificado con la
encarnación, la vida, la muerte y la mediación de su Hijo.
En el nombre de
Cristo ascienden al Padre nuestras peticiones. El intercede en
nuestro favor, y el Padre deja abiertos todos los tesoros de su gracia para
que podamos apropiarnos de ellos, gocemos de ellos y los
comuniquemos a otros.
Pedid en mi nombre,
dice Cristo. No digo que yo oraré al Padre por vosotros, porque el
Padre mismo os ama, porque me habéis amado. Haced uso de mi
nombre. Esto dará eficacia a vuestras oraciones, y el Padre os
dará las riquezas de su gracia. Por lo tanto pedid y recibiréis, para
que vuestro gozo sea cumplido.
¡Qué bondadosa condescendencia!
¡Qué privilegio se nos concede!
Cristo es el eslabón que une
a Dios con el hombre...
Al acercarnos a Dios mediante la virtud de los
méritos de Cristo nos ataviamos con sus vestiduras sacerdotales. Nos
pone muy cerca de sí, abrazándonos con su brazo humano, mientras
que con el brazo divino se aferra del trono del Infinito
(Carta 22, 1898). ELC78
AUDIO. https://youtu.be/hvpA-IXxurc