Y
meteré en el fuego a la tercera parte, y los fundiré como se funde la plata, y
los probaré como se prueba el oro. El invocará mi nombre, y yo le oiré, y diré.
Pueblo mío; y él dirá Jehová es mi Dios. (Zac. 13:9).
Por la prueba el Señor examina la fortaleza de
sus hijos. ¿Está fuerte el corazón para soportar?
¿Está la conciencia libre de ofensa? ¿Tolera el Espíritu el testimonio de nuestro espíritu de que nosotros somos los hijos de Dios? Esto averigua el Señor probándonos. En el horno de la aflicción nos purifica de toda escoria.
Nos envía pruebas, no
para causar dolor innecesario, sino para llevarnos a contemplarle, para
fortalecer nuestra paciencia, para enseñarnos que si no nos rebelamos, si
ponemos nuestra confianza en él, veremos su salvación...
El amor de Cristo por
sus hijos es tan fuerte como tierno. Es un amor más fuerte que la muerte, pues
él murió por nosotros. Es un amor más verdadero que el de una madre por sus
hijos. El amor de la madre puede cambiar, pero el amor de Cristo es inmutable.
"Por lo cual
estoy seguro", dice Pablo, "de que ni la muerte, ni la vida, ni
ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo
alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de
Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro" (Rom. 8:38, 39).
En cada prueba tenemos
consolación eficaz. ¿No se conmueve nuestro Salvador al comprender nuestras
debilidades? ¿No ha sido tentado en todo como nosotros? ¿Y no nos ha invitado a
llevarle cada prueba y perplejidad? Entonces no nos aflijamos por las cargas de
mañana.
Valerosa y alegremente
llevemos las cargas de hoy. Hoy tenemos que tener confianza y fe. No estamos
invitados a vivir más que un día a la vez. Quien da fortaleza para hoy, dará
fortaleza para mañana...
Nada
hiere tanto el alma como los agudos dardos de la incredulidad. Cuando la prueba
viene, como indudablemente vendrá, no os angustiéis o lamentéis. El silencio en
el alma hace más clara la voz de Dios.
"Luego se alegran, porque se apaciguaron…" (Sal. 107:30). Recordad que debajo de
vosotros están los brazos eternos (Signs of
the Times, 5 de noviembre, 1902). ELC 270