Sino que golpeo mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre, no sea que habiendo
sido
heraldo para otros, yo mismo venga a ser eliminado. (1 Cor. 9:27).
Después de su bautismo, el Hijo de Dios fue al desierto funesto donde sería tentado por el diablo. Por cerca de seis semanas soportó las agonías del hambre...Conoció el poder del apetito sobre el hombre, y en beneficio del hombre pecaminoso soportó la prueba más dura posible en este punto.
Allí se ganó una
victoria que pocos pueden apreciar. El poder dominador del apetito depravado y
el ignominioso pecado de complacerlo sólo pueden entenderse por la longitud del
ayuno que nuestro Salvador soportó para quebrantar su poder...
La intemperancia está
en la base de todos los males morales conocidos del hombre. Cristo comenzó la
obra de redención en el mismo lugar donde había comenzado la ruina. La caída de
nuestros primeros padres se debió a la complacencia del apetito. En la redención,
la negación del apetito fue la primera obra de Cristo (Sufferings of Christ,
págs. 10, 12).
El Hijo de Dios vio que el hombre no podía por si mismo vencer
esta poderosa tentación... Vino a la tierra para unir su poder divino con
nuestros esfuerzos humanos, para que mediante la fuerza y el poder moral que él
imparte podamos vencer por nosotros mismos.
¡Oh! qué incomparable humillación para el Rey
de gloria venir a este mundo para soportar los dolores del hambre y las fieras
tentaciones de un artero enemigo para poder ganar una victoria infinita para el
hombre. Aquí está el amor sin paralelo. Sin embargo, esta gran humillación es
apenas oscuramente comprendida por aquellos para quienes fue hecha...
Con
la naturaleza del hombre y con la terrible carga de los pecados pesando sobre
él, nuestro Redentor hizo frente al poder de Satanás en esta gran tentación
decisiva que arriesgaba las almas de los hombres. Si el hombre podía vencer
esta tentación, podía triunfar en cualquier otro punto
(Ibíd.). ELC 195
AUDIO. https://youtu.be/cYAumnxxDZ8