¿No
sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?
(1Cor. 3:16).
Desde siglos eternos fue el propósito de Dios que cada ser
creado, desde el resplandeciente y santo serafín hasta el hombre, fuera un
templo donde morara el Creador. Debido al pecado, la humanidad dejó de ser un
templo para Dios...
Dios tenía el
propósito de que el templo de Jerusalén fuera un recordativo continuo del
destino superior abierto a cada alma. Pero los judíos no habían entendido el
significado del edificio que contemplaban con tanto orgullo...
Los atrios del templo
de Jerusalén, llenos del tumulto de un tráfico profano, representaban con
demasiada veracidad el templo del corazón, contaminado por la presencia de la
pasión sensual y los pensamientos no santificados.
Al limpiar el templo de los compradores y vendedores mundanos,
Jesús anunció su misión de limpiar el corazón de la contaminación del pecado:
deseos mundanos, pasiones egoístas, malos hábitos que corrompen el alma...
Solamente Cristo puede limpiar el templo del alma... Su
presencia limpiará y santificará el alma para que pueda ser un santo templo
para el Señor, "…para morada de Dios en el Espíritu" (Efe. 2:22).
Mediante esta hermosa
e imponente figura, la Palabra de Dios muestra la importancia que Dios le da a
nuestro organismo físico y la responsabilidad que hay en nosotros de
preservarlo en las mejores condiciones. Nuestros cuerpos son la posesión
adquirida de Cristo y no estamos libres de hacer con ellos lo que nos plazca.
El hombre ha hecho eso.
Ha tratado su cuerpo como si sus leyes no previeran castigos. Mediante el apetito pervertido sus órganos y facultades se han debilitado, enfermado, lisiado...Hemos de responder a Dios por nuestros hábitos y prácticas. Por lo tanto no debiéramos preguntarnos: "¿Qué dirá el mundo?", sino: "Pretendiendo ser cristiano, ¿cómo trataré yo la habitación que Dios me ha dado?" (Review and Herald, 31 de diciembre, 1908).
ELC 192
AUDIO. https://youtu.be/gFUu28x0A90