No es suficiente
estudiar la Biblia como se estudian los otros libros. Para entenderla con
certeza el Espíritu Santo debe mover el corazón del investigador. El mismo
Espíritu que inspiró la Palabra debe inspirar al lector de la Palabra. Entonces
se oirá la voz del cielo. "Tu palabra, oh Dios, es verdad", será el lenguaje
del alma.
La mera lectura de la Palabra no logrará el resultado designado por el cielo; debe estudiarse
y acariciarse con el corazón. El conocimiento de Dios no se obtiene sin esfuerzo mental.
Debemos estudiar con diligencia la
Biblia, pidiéndole a Dios la ayuda del Espíritu Santo para que podamos entender
su Palabra. Deberíamos tomar un versículo y concentrar la mente para descubrir
el pensamiento que Dios encerró en ese versículo para nosotros, y luego meditar
en ese pensamiento hasta hacerlo nuestro, así sabremos "qué dice el
Señor".
No hay sino poco
provecho de la lectura apresurada de las Escrituras. Puede leerse toda la
Biblia y sin embargo dejar de ver su belleza o de comprender su significado
profundo y oculto. Un pasaje estudiado hasta que su significado es claro para
la mente y su relación con el plan de salvación es evidente, es de más valor
que la lectura detenida de muchos capítulos sin tener ningún propósito definido
y sin obtener ninguna instrucción positiva. Llevad con vosotros vuestra Biblia.
Apenas
tengáis la oportunidad, leedla: fijad los textos en vuestra
memoria. Aun cuando estéis caminando por las calles podéis leer un pasaje y
meditar en él, fijándolo así en la mente (Review and Herald, 11 de junio,
1908)...
El estudio de la Biblia y la comunión diaria con Jesús nos darán nociones bien definidas
de responsabilidad personal y fuerza para subsistir en el día de la prueba y la tentación
(Joyas de los
testimonios, tomo 2, pág. 101). ELC 139
AUDIO. https://youtu.be/mqPf2I-5wOI
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