Por lo cual también nosotros sin
cesar damos gracias a Dios, de que cuando recibisteis la palabra de Dios que
oísteis de nosotros, la recibisteis no como palabra de hombres, sino según es
en verdad, la palabra de Dios, la cual actúa en vosotros los creyentes. (1 Tes.
2:13).
La Biblia es la voz de Dios hablándonos tan ciertamente como si pudiéramos oírlo con
nuestros oídos. La palabra del Dios viviente no está sólo escrita, sino que es hablada.
¿Recibimos la Biblia como el oráculo de Dios? Si nos diésemos cuenta de la importancia de esta Palabra, ¡con qué respeto la abriríamos, y con qué fervor escudriñaríamos sus
preceptos! La lectura y la
contemplación de las Escrituras serían consideradas como una audiencia con el
Altísimo.
La Palabra de Dios
es un mensaje que debemos obedecer, un volumen para consultar a menudo y con
cuidado, y con un espíritu deseoso de asimilar las verdades escritas para la
admonición de aquellos a quienes han alcanzado los fines de los siglos.
No debe ser
descuidado en favor de cualquier otro libro. Si no seguimos los caminos de
Dios necesitamos convertirnos. Si practicamos su Palabra esto originará una
influencia elevadora en nuestra vida mental, moral y física... Cuando
abramos la Biblia comparemos nuestras vidas con sus requerimientos,
midiendo nuestro carácter con la gran norma moral de justicia (Manuscrito
30a, 1896).
La vida de Cristo, que da vida al mundo, está en su
Palabra. Por su palabra Jesús sanó enfermedades y echó demonios; por su palabra
calmó el mar y resucitó a los muertos; y la gente daba testimonio de que su
palabra era con poder. Él hablaba la palabra de Dios como fue hablada por todos
los profetas y maestros del Antiguo Testamento. La Biblia entera es una
manifestación de Cristo. Es nuestra fuente de poder...
Sí, la Palabra de Dios es el pan de vida. Los
que comen y digieren esta palabra, y la hacen participar de cada acción
y de cada atributo del carácter, se fortalecen en la fuerza de
Dios. Da un vigor inmortal al alma, perfecciona la experiencia
cristiana y proporciona gozos que perdurarán eternamente (Review and
Herald, 11 de junio, 1908). ELC 135
AUDIO. https://youtu.be/ATu4--cxRCs
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