El
marido cumpla con la mujer el deber conyugal, y asimismo la mujer con el
marido. (1 Cor. 7:3).
Maridos y mujeres
deberían considerar su privilegio y su deber el reservar para su intimidad el
intercambio de muestras de amor entre ellos. Porque mientras la manifestación
de amor del uno para el otro es correcta en su lugar, puede hacer daño tanto a
los casados como a los que no lo son.
Hay personas de una mente y un carácter completamente diferente; con diferente educación y preparación, que se aman el uno al otro tan devota y sanamente como los que han aprendido
durante su afectividad; y existe el peligro que, por contraste, esas personas
que son más reservadas sean juzgadas mal y colocadas en desventaja.
Mientras que la mujer
debería buscar el apoyo de su esposo con respeto y deferencia, puede, en forma
sana y correcta, manifestar su gran afecto y confianza en el hombre que ha
elegido como compañero de la vida...
Es el elevado privilegio y el solemne deber de los cristianos procurarse la felicidad mutua en su vida de casados; pero hay un peligro positivo en hacer que el yo quiera absorberlo todo, derramando toda la
riqueza del afecto el uno sobre el otro, y en estar demasiado
satisfechos con una vida
tal. Todo esto tiene sabor a egoísmo.
En vez de limitar su
amor y simpatía a ellos mismos, deberían buscar toda oportunidad de contribuir
al bien de otros, distribuyendo la abundancia de afecto en un amor casto y
santificado, por las almas que a la vista de Dios son tan preciosas como ellos mismos,
porque han sido compradas por el infinito sacrificio de su Hijo unigénito.
Palabras bondadosas, miradas de simpatía, expresiones de aprecio serían para muchos que luchan y están solos como un vaso de agua fría dado a un alma sedienta... Cada palabra o acto de abnegada
bondad hacia las almas con las que nos relacionamos es una expresión
del amor que Jesús manifestó por toda la familia humana (Carta 76, 1894).
ELC 208
AUDIO. https://youtu.be/ItCRY9U59uQ
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