Sed,
pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es
perfecto. (Mat. 5:48).
Para que la edificación
de nuestro carácter sea grata a Dios debemos avanzar constantemente en
espiritualidad. Debemos considerar como algo sin valor todo aquello que amengüe
nuestra fe y confianza en nuestro Redentor.
Cuanto más luz brilla en nuestras almas, tanto más se nos exige que reflejemos
esa luz sobre otros. Dios
desea que dejes brillar tu luz sobre el mundo...
Descansando en el amor de Cristo, confiándole al Redentor y
Dador de la vida el llevar a cabo para ti la salvación de tu alma, verás, al
acercarte cada vez más a él, lo que significa estar a la vista del Invisible.
Dios desea que reposemos confiados en su amor. El contentamiento que Cristo da
es un don infinitamente más valioso que el oro, la plata y las
piedras preciosas...
Sus facultades
perceptivas aumentarán en poder y agudeza si su ser entero, cuerpo, alma, espíritu,
está consagrado al cumplimiento de una obra santa. Esfuércese al máximo,
mediante la gracia de Cristo, por alcanzar la norma elevada que tiene delante.
Puede ser perfecto en su esfera como Dios lo es en la suya...
No debe considerarse
meramente un recipiente pasivo de la gracia de nuestro Señor Jesucristo. Dios
le ha confiado preciosos talentos y exige el aumento de esos talentos. Él tiene
derecho a los intereses del capital prestado... Sometiendo su voluntad a la
suya mejorará en el habla y en las concepciones espirituales...
Debe
cuidar celosamente las facultades de la mente. Sus pensamientos deben estar
bajo el control del Espíritu Santo... Su obra es avanzar hacia la perfección,
progresando constantemente, hasta que al fin sea declarado digno de recibir la
vida inmortal. Y aun entonces la obra de progreso no cesará sino que seguirá
por la eternidad (Carta 123, 1904). ELC 187
AUDIO. https://youtu.be/Mg6bq9lPEsg
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