Porque
el ocuparse de la carne es muerte, pero el ocuparse del Espíritu es vida y paz.
Por cuanto los designios de la carne son enemistad contra Dios; porque no se
sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden. (Rom. 8:6,7).
La mente natural tiende al placer y la autogratificación. El
plan de Satanás es producir esto en abundancia. Trata de llenar las mentes de
los hombres con deseos de diversiones mundanales para que no tengan tiempo de
hacerse la pregunta. ¿Cómo anda mi alma?
El amor al placer es infeccioso. Entregada a él la mente corre
de un lado para el otro siempre en busca de diversiones. La obediencia a la ley
de Dios contrarresta esta inclinación y erige barreras contra la impiedad...
La capacidad de gozar de las riquezas de gloria será desarrollada en proporción al deseo que tengamos de esas riquezas. ¿Cómo podremos desarrollar una apreciación de Dios y de las cosas celestiales a menos que lo hagamos en esta vida?
Si permitimos que las exigencias y los cuidados del mundo absorban todo nuestro tiempo y
nuestra
atención, nuestras facultades espirituales se debilitan y mueren por falta de
ejercicio.
En una mente entregada por completo a cosas terrenales está cerrado todo acceso por el cual
pueda entrar luz del cielo. La gracia transformadora de Dios no se siente en la mente o el carácter.
(Review and
Herald, 28 de mayo, 1901).
Estamos viviendo entre los peligros de los últimos días y
deberíamos cuidar toda avenida por la cual Satanás pueda acercársenos con su
tentación... Un mero asentimiento a la verdad nunca salvará un alma de la
muerte.
Debemos estar santificados por la verdad; debe vencerse cada
defecto del carácter, o nos vencerá y será un poder para
mal.
Comenzad
sin demora a desarraigar cada raíz perniciosa del jardín del corazón, y
mediante la gracia de Cristo no permitáis que allí florezcan plantas, excepto
las que lleven fruto para vida eterna. Cultivad todo lo que en vuestro carácter
esté en armonía con el de Cristo (Id., 3 de junio, 1884). ELC 161
AUDIO. https://youtu.be/9YIuV5ER6sA
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