viernes, 16 de enero de 2026

32. “EL ZARANDEO” TESTIMONIO 4 PARA LA IGLESIA (1857). TOMO 1.


 CAPÍTULO 32. EL ZARANDEO.

El 20 de Noviembre de 1857 me fue mostrado el pueblo de Dios, y lo vi poderosamente sacudido. Al­gunos, con robusta fe y clamores de agonía intercedían ante Dios. Estaban pálidos y sus rostros demos­traban la profunda ansiedad resultante de su lucha interior. Gruesas gotas de sudor bañaban su frente; pero con todo, su aspecto manifestaba firmeza y fervor. De cuando en cuando brillaba en sus semblan­tes la señal de la aprobación de Dios, y nuevamente volvían (167) a quedar en solemne, fervorosa y an­helante actitud.10 

Ángeles malos los rodeaban y los oprimían con sus tinieblas para ocultarles de la vista a Jesús y para que sus ojos se fijaran en la oscuridad circundante, a fin de inducirlos a desconfiar de Dios y luego a quejarse contra él. Su única salvaguardia estribaba en mantener los ojos dirigidos hacia arriba, pues los ángeles de Dios estaban encargados de su pueblo y, mientras que la ponzoñosa atmósfera de los malos ángeles circundaba y oprimía a las ansiosas almas, los ángeles celestiales batían sin cesar las alas para disipar las densas tinieblas.

Vi que algunos no participaban en esta lucha e intercesión. Parecían indiferentes y negligentes. No re­sistían a las tinieblas que los envolvían, y éstas los encerraban como una espesa nube. 

Vi que los ánge­les de Dios se apartaban de ellos y acudían en auxilio de los que se empeñaban en resistir con todas sus fuerzas a los ángeles malos y procuraban ayudarse, clamando perseverantemente a Dios. 

Pero los ánge­les nada hacían por quienes no procuraban ayudarse a sí mismos; y los perdí de vista. 

Mientras los que oraban y continuaban clamando con fervor, recibían a veces un rayo de luz que emanaba de Cristo para alentar su corazón e iluminar su rostro. Pregunté cuál era el significado del zarandeo que yo había visto, y se me mostró que lo motivaría el di-recto testimonio que exige el consejo del Testigo Fiel a la iglesia de Laodicea. Tendrá este consejo efecto en el corazón de quien lo reciba y le inducirá a ensalzar la (168) norma y expresar claramente la verdad. 

Algunos no soportarán este testimonio directo, sino que se levantarán

 contra él. Esto es lo que causará un zarandeo en el pueblo de Dios. 

El testimonio del Testigo no ha sido escuchado sino a medias. El solemne testimonio, del cual depende el destino de la iglesia, se tiene en poca estima, cuando no se lo descarta por completo. Este testimonio ha de mover a profundo arrepentimiento, y todos los que lo reciban sinceramente, le obedecerán y que­darán purificados. 

Dijo el ángel: "Escuchad". Pronto oí una voz que resonaba como si fueran muchos instrumentos musi­cales de acordes perfectos y armoniosos. Era incomparablemente más melodiosa que cuantas músicas hubiera oído hasta entonces y parecía henchida de misericordia, compasión y gozo santo enaltecedor. Conmovió todo mi ser. El ángel dijo: "Mirad". Fijé la atención entonces en la hueste que antes había visto tan violentamente sacudida.

10 [Tocad trompeta en Sión, proclamad ayuno, provocad asamblea. Reunid al pueblo, santificad la reunión, juntad a los an­cianos, congregad a los niños y a los que maman ... Entre la entrada y el altar lloren los sacerdotes ministros de Jehová, y digan: Perdona, oh Jehová, a tu pueblo, y no entregues al oprobio tu heredad, para que las naciones se enseñoreen de ella. ¿Por qué han de decir entre los pueblos: Dónde está su Dios?" (Joel 2:15-17). "Someteos, pues, a Dios, resistid al diablo, y huirá de vosotros. Acercaos a Dios, y él se acercará a vosotros. Pecadores, lim­piad las manos; y vosotros los de doble ánimo, purificad vuestros corazones. Afligíos, y lamentad, y llorad. 

Vuestra risa se convierta en lloro, y vuestro gozo en tristeza. Humillaos delante del Señor, y él os exaltará" (Sant. 4:7-10). "Congregaos y meditad, oh nación sin pudor, antes que tenga efecto el decreto, y el día se pase como el tamo; antes que venga sobre vosotros el furor de la ira de Jehová, antes que el día de la ira de Jehová venga sobre vosotros. Buscad a Jehová todos los humildes de la tierra, los que pusisteis por obra su juicio; buscad justicia, buscad mansedumbre; quizás seréis guardados en el día del enojo de Jehová" Sof. 2:1-3.].

Vi a los que antes gemían y oraban con aflicción de espíritu. Los ro­deaba doble número de ángeles custodios, y una armadura los cubría de pies a cabeza. Marchaban en perfecto orden, firmemente, como una compañía de soldados. Sus semblantes delataban el severo con­flicto que habían sobrellevado y la desesperada batalla que acababan de reñir. Sin embargo, sus rostros que llevaban la impresión grabada por la angustia, resplandecían ahora, iluminados por la gloriosa luz del cielo. Habían logrado la victoria, y esto despertaba en ellos la más profunda gratitud y un gozo san­to, sagrado. El número de esta hueste había disminuido. Con el zarandeo algunos fueron dejados a la vera del cami­no.11

Los descuidados e indiferentes que no se unieron con quienes apreciaban la victoria y la salvación lo bastante para perseverar clamando angustiosamente por ellas, no las obtuvieron y quedaron rezaga­dos en tinieblas; pero sus lugares fueron ocupados en seguida por otros, que se unieron a la hueste que había aceptado la verdad. Los ángeles malignos seguían agrupándose en su derredor, pero ningún poder tenían sobre (169) ellos.12

Oí que los revestidos de la armadura proclamaban la verdad con gran poder, y ella producía su efecto. Vi a las personas que habían estado atadas; algunas esposas por sus consortes, y algunos hijos por sus padres. 

Los sinceros, a quienes hasta entonces se les había impedido oír la verdad, se adhirieron ardien­temente a ella. Se desvaneció todo temor a los parientes. Tan sólo la verdad les parecía sublime, y la valoraban más que la misma vida. Habían tenido hambre y sed de verdad. 

Pregunté por la causa de tan profunda mudanza y un ángel me respondió: "Es la lluvia tardía; el refrigerio de la presencia de Dios; el potente pregón del tercer ángel". Formidable poder tenían aquellos escogidos. Dijo el ángel: "Mirad". Vi a los impíos, malvados e incré­dulos. Estaban todos muy excitados. El celo y poder del pueblo de Dios los había enfurecido. Cundía entre ellos la confusión. Vi que tomaban medidas contra la hueste que tenía la luz y el poder de Dios. Pero esta hueste, aunque rodeada por densas tinieblas, se mantenía firme, aprobada por Dios y confiada en él. Los vi perplejos; luego los oí clamar a Dios ardientemente, sin cesar día y noche.13 

Oí estas pala­bras: "¡Hágase, Señor tu voluntad! Si ha de servir para gloria de tu nombre, dale a tu pueblo el medio de escapar. Líbranos de los paganos que nos rodean. Nos han sentenciado a muerte; pero tu brazo pue­de salvarnos". Estas son todas las palabras que puedo recordar. Todos mostraban honda convicción de su insuficiencia y manifestaban (170) completa sumisión a la voluntad de Dios. Sin embargo, todos sin excepción, como Jacob, oraban y luchaban fervorosamente por su liberación. Poco después que estos seres humanos iniciaron su anhelante clamor, los ángeles, movidos a compa­sión quisieron ir a librarlos; pero el ángel alto y de aspecto imponente no lo consintió, y dijo: "Todavía no está cumplida la voluntad de Dios. Han de beber del cáliz. Han de ser bautizados con el bautismo". Pronto oí la voz de Dios que estremecía cielos y tierra.14 Hubo un gran terremoto. Por doquiera se de­rrumbaban los edificios. Oí entonces un triunfante cántico de victoria, un cántico potente, armonioso y claro.

11 ["Yo conozco tus obras, que ni eres frío, ni cliente. ¡Ojala fueses frío, o cliente! Pero por cuanto eres tibio, y no frío ni ca­liente, te vomitaré de mi boca. Porque tú dices: Yo soy rico, y me he enriquecido, y de ninguna cosa tengo necesidad; y no sabes que tú eres un desventurado, miserable, pobre, ciego y desnudo" (Apoc. 3:15-17).12 "Porque no tenemos lucha contra sangre y carne; sitio contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes. Por tanto, tomad toda la armadura de Dios, para que podáis resistir en el día malo y habiendo acabado todo estar firmes. Estad pues firmes, ceñidos vuestros lomos con la verdad, y vestidos con la coraza de justicia. Y calzados los pies con el apresto del evangelio de paz; sobre todo tomando el escudo de la fe con que podáis apagar todos los dardos de fuego del maligno. Y tomad el yelmo de la salvación, y la espada del Espíritu; que es la palabra de Dios. Orando en todo tiempo con toda oración y súplica en el Espíritu y velan­do en ello con toda perseverancia y súplica por todos los santos" (Efe. 6:12-18).13 "¿Y Dios no hará justicia a sus escogidos, que claman a él día y noche? ¿Se tardará en responderles? Os digo que pronto les hará justicia. Pero cuando venga el Hijo del hombre, ¿hallará fe en la tierra?" (Lucas 18:7-8. Véase también Apoc. 14:14-15).14 "Y Jehová rugirá desde Sión, y dará su voz desde Jerusalén, y temblarán los cielos y la tierra; pero Jehová será la esperan­za de su pueblo, y la fortaleza de los hijos de Israel" (Joel 3:16. Véase también Heb. 12:26; Apoc. 16:17).].

Miré a la hueste que poco antes estaba en tan angustiosa esclavitud y vi que su cautividad había cesado. La iluminaba una refulgente luz. ¡Cuán hermosos parecían entonces! Se había desvanecido todo rastro de inquietud y fatiga, y cada rostro rebosaba salud y belleza. Sus enemigos, los paganos que los rodeaban, cayeron como muertos, porque no les era posible resistir la luz que iluminaba a los santos libertados. Esta luz y gloria permanecieron sobre ellos hasta que apareció Jesús en las nubes del cielo, y la fiel y probada hueste fue transformada en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, de gloria en glo­ria. Se abrieron los sepulcros y resucitaron los santos, revestidos de inmortalidad, exclamando: "¡Victo­ria sobre la muerte y el sepulcro!" Y juntamente con los santos vivos fueron arrebatados al encuentro de su Señor en el aire, mientras que toda lengua inmortal emitía hermosas y armónicas aclamaciones de gloria y victoria. (171)

TESTIMONIO 4 PARA LA IGLESIA (1857). TOMO 1/EGW/MHP


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