Respondió Jesús y le dijo: El que me ama, mi palabra guardará; y mi
Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada con él. (Juan 14:23).
Considerad la relación familiar que Cristo presenta aquí como que existe entre el Padre y sus hijos. Su presencia y cuidado son permanentes. Mientras confiemos en el poder salvador de Cristo, todos los artificios y los ardides de la hueste caída no pueden hacer nada para dañarnos.
Los ángeles celestiales están constantemente con nosotros, guiando y protegiendo. Dios ha ordenado que tengamos su poder salvador con nosotros para capacitarnos para cumplir toda su voluntad.
Aferrémonos de las promesas y acariciémoslas momento tras momento. Creamos
que Dios dice exactamente lo que dice (Review and Herald, 7 de enero,
1909).
Hay una posibilidad de que el creyente
en Cristo obtenga una experiencia que será del todo suficiente
para colocarlo en correcta relación con Dios. Cada promesa que
está en el Libro de Dios nos afirma en la creencia de que podemos
ser participantes de la naturaleza divina. Esto podemos hacer: descansar en Dios, creer su Palabra y
efectuar sus obras; podemos hacerlo cuando nos aferramos de
la divinidad de Cristo.
Esa posibilidad vale más
para nosotros que todas las riquezas del mundo. No hay nada en la tierra
que podamos comparar con ella. Al aferrarnos del poder que es así colocado
dentro de nuestro alcance, recibimos una esperanza tan
poderosa que podemos fiarnos plenamente de las promesas de Dios; y
aferrándonos de las posibilidades que hay en Cristo, llegamos
a ser hijos de Dios (Id., 14 de enero, 1909).
Al cristiano se le presenta la
posibilidad de realizar grandes conquistas. Puede estar siempre
ascendiendo hacia mayores adquisiciones. Juan tenía una idea
elevada del privilegio de un cristiano. Dice: "Mirad cuál
amor nos ha dado el Padre, que seamos llamados hijos de Dios…" (1 Juan 3:1).
A los que han sido exaltados de este modo se les
revelan las inescrutables riquezas de Cristo, que tienen
mil veces más valor que la opulencia del mundo. Por los
méritos de Jesucristo, el hombre finito se eleva a la compañía
con Dios y su querido Hijo (La edificación del carácter y
la formación de la personalidad, pág. 20). ELC 33
AUDIO. https://youtu.be/V4HZqFKg_RM
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