Y La paz de Dios, que sobrepasa
todo entendimiento, guardará
vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús. (Fil. 4:7).
El pecado ha destruido nuestra paz. Mientras el yo no sea subyugado, no podemos encontrar descanso. Ningún poder humano puede regir las dominantes pasiones del corazón.
En esto somos tan impotentes como lo fueron los discípulos para dominar la rugiente tempestad. Pero Aquel que apaciguó las olas de Galilea ha pronunciado las palabras que proporcionan paz a cada alma.
No importa cuán fiera sea la tempestad, los que se vuelven a Jesús clamando "Señor, sálvanos", hallarán liberación. La gracia de Jesús, que reconcilia el alma con Dios, aquieta la contienda de la pasión humana
y en su amor halla descanso el corazón... "Justificados, pues, por la fe, tenemos
paz para con Dios por medio de nuestro Señor
Jesucristo" (Rom. 5:1).
"El efecto de la justicia será paz; y la labor de la
justicia, reposo y seguridad para siempre"
(Isa. 32:17).
Todo el que consiente en renunciar al pecado y abre su corazón al amor de Cristo, se hace participante de esta paz celestial. No hay otro fundamento para la paz fuera de éste. La gracia de Cristo, recibida en el corazón, subyuga la enemistad; apacigua la lucha y llena el alma de amor.
El que está en paz
con Dios y su prójimo no puede ser desdichado. La envidia no
estará en su corazón; no encuentran lugar allí las malas conjeturas; no
puede existir el odio. El corazón que está en armonía con Dios es participante
de la paz del cielo y difundirá por doquiera su bendita influencia. El espíritu de paz
actuará como rocío sobre los corazones cansados y turbados con las contiendas
mundanales.
Los seguidores de Cristo son enviados al
mundo con el mensaje de paz. Quienquiera que, mediante la influencia
silenciosa e involuntario de una vida piadosa, dé a conocer el
amor de Cristo; quienquiera que, por medio de sus palabras
o de sus obras, lleve a otro a abandonar el pecado y a
entregar su corazón a Dios, es un pacificador.
"Bienaventurados los pacificadores"...Mt. 5:9. El espíritu de paz es evidencia de su relación con el cielo.
El suave aroma de
Cristo los rodea. La fragancia de la vida y la belleza del carácter muestran al
mundo que son hijos de Dios. Los hombres advierten que ellos han
estado con Jesús (Review and Herald, 15 de octubre, 1908). ELC 36
AUDIO. https://youtu.be/VKcAxh34Ogk
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