Echa sobre Jehová tu carga, y él te sustentará;
no dejará para siempre caído al
justo. (Sal. 55:22).
El cuidado del Señor se extiende a todas sus criaturas. El ama a todos y no hace acepción de personas,
si bien mira con la más tierna compasión a los que llevan las cargas más pesadas de la vida.
Los hijos de Dios han de soportar pruebas y dificultades. Pero deben aceptar su suerte con espíritu animoso, teniendo presente que por todo aquello que el mundo les niega, Dios los resarcirá colmándolos de sus más preciosos favores.
Cuando nos encontramos en situaciones difíciles, Dios
manifiesta su poder y sabiduría en respuesta a la humilde oración. Confiad en
él, porque oye y atiende las oraciones (El ministerio de curación, pág. 151).
Al preocuparnos, estamos en peligro
de fabricarnos yugos para nuestros cuellos. No estemos preocupados,
porque así haremos más duro nuestro yugo y más pesada nuestra carga. Hagamos
todo lo que podamos hacer sin estar preocupados, confiando en Cristo (Carta
123, 1904).
Con
los continuos cambios de las circunstancias,
se realizan cambios también en nuestra experiencia, y por ellos somos
exaltados o deprimidos. Pero el cambio de circunstancias no tienen
el poder de cambiar la relación de Dios hacia nosotros.
Él es el mismo ayer, y hoy y por los siglos, y nos pide que tengamos una confianza inquebrantable en su amor. Satanás está esperando la oportunidad de crearnos circunstancias que tiendan a levantar la incredulidad, esperando llevarnos a dudar de Dios.
No
podemos permitirnos acariciar un solo pensamiento de
incredulidad. Cuando somos tentados a ver el lado oscuro, abramos las
ventanas del alma hacia el cielo para que los brillantes rayos del Sol
de Justicia resplandezcan en ella. Acerquémonos más a Dios... Ocurra lo
que ocurriere, mantened el principio de vuestra confianza firme hasta el
fin (Id. 150, 1903). ELC 121
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