Sirviendo
de buena voluntad, como al Señor y no a los hombres. (Efe. 6:7).
El Señor está familiarizado con nosotros individualmente. A cada
ser nacido en el mundo se le señala su obra, con el propósito de que mejore el
mundo... Cada uno tiene su círculo [de acción], y si el agente humano hace de
Dios su consejero, entonces no estará trabajando con fines opuestos a los de
Dios.
El destina a cada uno un lugar y un trabajo, y si
individualmente nos sometemos para ser preparados por el Señor, no importa cuán
confusa e intrincada pueda parecer la vida a nuestros ojos, Dios tiene un
propósito en todo ello, y la maquinaria humana, obediente bajo la mano de la
sabiduría divina, cumplirá los propósitos de Dios.
Así como en un bien
disciplinado ejército cada soldado tiene su puesto señalado y se requiere que
cumpla su parte y contribuya al poderío y la perfección del todo, de la misma
manera el obrero de Dios debe realizar su parte señalada en la gran obra de
Dios.
La vida tal como es
ahora no es como Dios se propuso que fuera, y ésa es la razón de que haya tanta
confusión; hay mucho deterioro y fricción. El hombre o la mujer que abandonan
el lugar que Dios les ha señalado, por complacer su inclinación y realizar los
planes que ellos mismos han hecho sufren decepción por haber elegido su propio
camino en lugar de la senda divina.
Nuestro Padre celestial es nuestro Dirigente y debemos someternos a su disciplina. Somos miembros de su familia. Tiene derecho a nuestro servicio, y si uno de los miembros de su familia persistiera en seguir su propio camino, y se empeñara en hacer sólo lo que le placiera, entonces, ese espíritu produciría un
estado de cosas confuso y desordenado. No debemos hacer planes para seguir nuestra propia senda, sino la senda y la voluntad de Dios. Dejemos que Dios hable y entonces diremos: "No se haga mi voluntad, sino la tuya" (Carta 6, 1894). ELC 229
AUDIO.
https://youtu.be/St9g7wrMWs4
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