¿Quién no te temerá, Oh Señor, y glorificara tu nombre? pues sólo tú eres santo; por lo cual
todas las naciones vendrán y te adorarán, porque tus juicios se han
manifestado. (Apoc. 15:4).
Cristo quiere que comprendamos que nuestro interés es uno solo, Un Salvador divino murió
por todos, para que todos encuentren en él su recurso
divino. En Cristo Jesús somos uno.
Al pronunciar un mismo
nombre: "Padre nuestro" somos elevados a la misma jerarquía. Venimos
a ser miembros de la familia real, hijos del Rey celestial. Sus principios de
verdad ligan unos corazones con otros, pertenezcan éstos a ricos o a pobres, a
poderosos o a humildes.
Cuando el Espíritu Santo conmueve las mentes, se desechan todas
las quejas mezquinas y las acusaciones que los hombres arrojan contra sus
semejantes. Entonces los brillantes
rayos del Sol de Justicia resplandecerán en los ámbitos de la mente y el
corazón. En nuestro
culto a Dios no debe haber distinción entre el rico y el pobre ni entre el
blanco y el negro, Hay que anular todo prejuicio.
Cuando nos allegamos a
Dios debemos hacerlo como una hermandad indivisa. Somos peregrinos y
extranjeros aquí, porque estamos destinados a una patria mejor, a saber, la
celestial.
Allí todo orgullo, toda acusación, toda vana ilusión habran
terminado para siempre. Entonces se descubrirá toda cosa encubierta, y podremos
"verlo tal como él es". Allí captaremos el tema inspirador, y
nuestros cantos de alabanza y de gratitud se elevarán hacia Dios (Review and Herald, 24 de noviembre, 1899).
Nuestra casa de
oración podrá ser muy humilde pero no por eso dejará Dios de aceptarla. Si
adoramos en espíritu y en verdad en la hermosura de la santidad, ella será para
nosotros la puerta misma del cielo.
Cuando se repiten las asombrosas lecciones de las obras de Dios y cuando la gratitud del corazón se expresa en oración y canto, los ángeles del cielo se unen a la melodía en alabanza y agradecimiento a Dios.
Estas prácticas rechazan el poder de Satanás. Expulsan
el descontento y las quejas, y Satanás
pierde terreno.
Dios nos enseña que debemos congregarnos en su
casa para cultivar los atributos del amor perfecto.
Esto ha de capacitar a los moradores de la tierra para entrar en las
mansiones que Cristo ha ido a preparar para los que le aman (Ibíd.).
ELC 289
AUDIO. https://youtu.be/NbU_rry0upM
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