He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre
la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo. (Apoc. 3:20).
Todos los que quieran abrir sus corazones para recibirlo, tendrán a Jesús
como un distinguido huésped (Review and Herald, 24 de noviembre, 1885).
Jesús es el modelo perfecto. En vez de tratar de agradarnos a nosotros mismos y de salirnos
con la nuestra, tratemos de reflejar su imagen. Él era amable y cortés, tierno y compasivo.
¿Lo
tratamos en esta misma forma? ¿Tratamos de que nuestras vidas tengan la
fragancia de las buenas obras?...
No es suficiente que
profesemos meramente nuestra fe; se requiere algo más que un asentimiento nominal. Debe
haber un conocimiento real, una experiencia genuina en los principios de la
verdad como fue enseñada por Jesús. El Espíritu Santo debe obrar desde
adentro llevando estos principios a la luz potente de la plena
conciencia para que podamos conocer su poder y hacerlos una realidad
viviente...
Los obstáculos, provocaciones y
penurias que enfrentemos resultarán no en una maldición sino en las mayores
bendiciones de nuestras vidas, porque los caracteres más grandes se forman
entre las pruebas y las dificultades. Pero deben ser recibidas como lecciones
prácticas en la escuela de Cristo.
Cada tentación resistida, cada prueba valientemente soportada nos da una nueva
experiencia, y nos hace avanzar en la obra de edificar el carácter. Tenemos
un conocimiento mejor de las maquinaciones de Satanás, y de nuestra capacidad
para derrotarlo mediante la gracia divina.
Jesús
era la luz del mundo... Es nuestro privilegio andar en
la luz de su presencia y entretejer en los caracteres que estamos formando los
dorados hilos del gozo, la gratitud, la tolerancia y el amor. Así
mostraremos el poder de la gracia divina y reflejaremos la luz del
cielo entre todos los roces y los contratiempos que enfrentamos cada
día (Ibíd.). ELC 47
AUDIO.
https://youtu.be/WJUKXThT1a4
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