De la mano del Seol los redimiré, los libraré de la muerte. Oh muerte,
yo seré tu muerte; y seré tu destrucción, Oh Seol... (Ose. 13:14).
¡Bien podían los cielos haber quedado asombrados por
la
recepción que su amado Capitán recibió en el mundo!...
El hizo el mundo, y sin embargo el mundo no lo conoció. Sus
amigos lo negaron, lo abandonaron y lo traicionaron. Fue presa
de tentaciones. La agonía humana convulsionó su alma divina. Fue
lacerado por crueles azotes. Sus manos fueron clavadas, sus santas
sienes fueron coronadas de espinas...
Fueron las maquinaciones de Satanás las
que hicieron de la vida de Cristo una oscura serie de aflicciones y
tristezas; y por último maquinó la muerte de Cristo, con lo que
destruyó su propio trono.
En el acto de morir, Cristo estaba
destruyendo a aquel que tenía el imperio de la muerte. Llevó a cabo
el plan, terminó la obra que había convenido en realizar desde la
caída de Adán. Al morir por la culpa de un mundo pecador, él
restauró al hombre caído a la posición de la cual había descendido
a consecuencia de la desobediencia, a condición de que obedeciera
los mandamientos de Dios.
Y
cuando rompió las ataduras de la tumba y se levantó triunfante de los muertos
contestó la pregunta: "Si el hombre muriere,
¿volverá a vivir?" (Job 14:14).
Cristo hizo posible
que cada hijo de Adán pudiera, mediante una vida de obediencia, vencer
el pecado y levantarse también de la tumba para recibir su heredad
de inmortalidad comprada por la sangre de Cristo.
Nuestra salvación se
alcanzó mediante el sufrimiento infinito del Hijo de Dios. Su
pecho divino llevó la angustia, la agonía, el dolor que la
pecaminosidad de Adán trajo sobre la raza humana.
El calcañar de Cristo fue
herido a la verdad cuando su humanidad sufrió, y el pesar más
profundo que haya oprimido alguna vez a los seres que había creado abrumó
su alma mientras estaba pagando la vasta deuda que el hombre debía a
Dios (Manuscrito 75, 1886).
Al
llevar la penalidad del pecado y al bajar a la tumba, Cristo
la iluminó para todos los que mueren con fe. Dios, en forma
humana, sacó a luz la vida y la inmortalidad por el Evangelio (Joyas
de los testimonios, tomo 2, pág. 488). ELC45
AUDIO.
https://youtu.be/P-0VmmvXVCs
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