lunes, 7 de octubre de 2019

13. TRASLADO A MICHIGAN. (APUNTES BIOGRÁFICOS DE ELENA G. DE WHITE). TESTIMONIO PARA LA IGLESIA. TOMO 1.


En 1855 los hermanos de Michigan prepararon el camino para que la obra de publicaciones se estable­ciera en Battle Creek. En ese tiempo mi esposo debía entre dos y tres mil dólares, y todo lo que tenía, además de los libros impresos, eran cuentas por cobrar por libros vendidos, y algunas de éstas eran du­dosas.

LA CAUSA APARENTEMENTE HABÍA LLEGADO A UN PUNTO EN EL QUE DEBÍA DETENERSE. (96)
Los pedidos de publicaciones eran escasos y de poca monta, por lo que él temía morir endeudado. Los hermanos de Michigan nos socorrieron consiguiendo un terreno y edificando una casa. La escritura estaba registrada a mi nombre, de modo que yo podía disponer de estos bienes como lo considerara conveniente después de la muerte de mi esposo. Esos fueron días de tristeza. Pensaba en mis tres hijitos y temía que pronto quedaran sin padre.

SIN QUE­RER SURGÍAN EN MI MENTE PENSAMIENTOS COMO: Mi esposo se muere por exceso de trabajo en la causa de la verdad presente.
 ¿Y quién sabe todo lo que ha sufrido, las cargas que ha llevado durante años, las ex­tremas preocupaciones que han destruido su ánimo y arruinado su salud, llevándolo a una muerte pre­matura, y dejando a su familia desposeída
y dependiente de otros?
CON FRECUENCIA HICE ESTA PREGUNTA:
¿No se preocupa Dios de estas cosas?
¿Las deja pasar sin notarlas?

“Me sentía reconfortada sabiendo que hay Uno que juzga con justicia y que anota en el cielo y recompensa todo sacrificio, todo acto de abnegación y toda angustia soportados por su causa”.

El día del Señor pondrá de manifiesto cosas que hasta ahora no se han revelado.

SE ME MOSTRÓ que Dios se proponía levantar a mi esposo en forma gradual; que debíamos ejercer una fe firme, porque en cada esfuerzo que realizáramos seríamos atacados ferozmente por Satanás; que de­bíamos apartar nuestra vista de la apariencia exterior,
y creer.

Tres veces al día mi esposo y yo nos pre­sentábamos independientemente delante de Dios para orar fervientemente por la recuperación de su sa­lud. Con frecuencia uno de nosotros caía postrado por el poder de Dios. El Señor escuchó misericordio­samente nuestro sincero clamor, y como resultado mi esposo comenzó a recuperarse. Nuestras oracio­nes ascendieron al cielo tres veces al día durante muchos meses, pidiendo salud para hacer la voluntad de Dios. Apreciábamos mucho esos momentos de oración. Llegamos a encontramos en una sagrada proximidad con Dios y en dulce comunión con él.

No podría presentar en forma más adecuada mis sen­timientos de ese tiempo que como se manifiestan en los siguientes extractos de una carta que escribí a la hermana Howland:
 "Me siendo agradecida porque ahora puedo tener a mis hijos conmigo, bajo mi propio cuidado, a fin de enseñarlos mejor en el camino recto. Durante semanas he experimentado hambre y sed por salvación, y hemos disfrutado de una comunión casi ininterrumpida (97) con Dios.
¿Por qué permanecemos aleja­dos de la fuente, cuando podemos aproximamos y beber?
¿Por qué morimos sin pan,
 cuando hay abun­dancia de él?
Es abundante y no cuesta nada.

Mi alma se deleita en él y bebe diariamente de los goces celestiales. No callaré. La alabanza de Dios está en mi corazón y en mis labios. Podemos regocijamos en la plenitud del amor de nuestro Salvador. Podemos participar abundantemente de su gloria excelen­te. Mi alma testifica de esto. Mi abatimiento ha sido dispersado por esta preciosa luz, y nunca podré ol­vidarlo.

 Señor, ayúdame a recordarlo constantemente.
 ¡Despertad, todas las energías de mi alma!
 ¡Des­pertad y adorad al Redentor por su amor maravilloso!

 "LAS ALMAS QUE VIVEN A NUESTRO ALREDEDOR
deben ser despertadas y salvadas, porque en caso contrario perecerán. No tenemos un momento que perder.
Todos ejercemos influencia en favor o en contra de la verdad. Deseo llevar conmigo una evidencia inequívoca de que soy de los discípulos de Cristo. Necesi­tamos algo más que solamente la religión del sábado. Necesitamos el principio viviente y sentir cada día responsabilidad individual.

 Muchas personas evitan esto, y como resultado manifiestan descuido, indiferencia, falta de vigilancia y de espiritualidad.
¿Dónde está la espiritualidad de la iglesia?
¿Dónde están los hombres y mujeres llenos de fe
 y Espíritu Santo?

MI ORACIÓN ES: Purifica a tu iglesia, oh Dios.
Durante meses he disfrutado de libertad, y estoy decidida a poner en orden mi conducta y toda mi ma­nera de actuar delante del Señor. "Puede ser que nuestros enemigos triunfen. Pueden pronunciar palabras duras, y su lengua puede crear calumnias, engaños y falsedades, sin embargo eso no nos moverá.

Sabemos en quién hemos creído. No hemos corrido en vano, ni trabajado en vano.

Viene el día de la rendición de cuentas, cuando todos se­rán juzgados de acuerdo con sus obras.

Es verdad que el mundo se encuentra en tinieblas. La oposición puede tornarse muy fuerte. LOS QUE SE BURLAN y los que desprecian pueden tomarse más atrevidos en su iniquidad. Sin embargo, todo esto no nos moverá, porque nos apoyaremos en el brazo del Todopodero­so, quien nos da su fortaleza.

Dios está zarandeando a su pueblo.
Dejará una iglesia limpia y santa.
 No podemos leer el corazón del hombre; pero el Señor ha provisto los medios necesarios para mantener su iglesia pura”.

HA SURGIDO UN GRUPO DE GENTE CORROMPIDA
que no puede vivir con el pueblo de Dios. Desprecian las amonestaciones, y no desean ser (98) corregidos.
Han tenido tiempo de arrepentirse de sus pecados; pero han apreciado demasiado el yo para hacerlo morir.
Lo han alimentado, con lo que se ha fortalecido, y ellos se han se­parado del confiado pueblo de Dios, que él está purificando para sí mismo.

TODOS TENEMOS RAZÓN PARA AGRADECER
A DIOS porque se ha abierto un medio para salvar a la iglesia; porque la ira de Dios pudo haber descendido sobre nosotros si estos corrompidos simuladores hubieran permanecido en nuestro medio.

"Toda alma sincera que pueda ser engañada por estas personas desleales, conseguirá verlos en su ver­dadera luz, aunque cada ángel del cielo tenga que visitarlas para iluminar sus mentes. No tenemos nada que temer en este asunto.

A Medida Que Nos Aproximamos AL JUICIO, Todos Manifestarán Su Verdadero Carácter Y Se Verá Claramente A Qué Grupo Pertenecen.

 La zaranda se está moviendo. No digamos: Detén tu mano, oh Dios. La iglesia debe ser purificada, y eso la hará vivir. Dios reina; alábelo la gente. No tengo ni el más remoto pensamiento de dejarme abatir. Tengo el propósito de estar en lo correcto y de actuar correctamente. Se establecerá el juicio, se abrirán los libros y seremos juzgados de acuerdo con nuestras obras.
TODAS LAS FALSEDADES QUE PUEDAN INVENTARSE CONTRA MÍ NO HARÁN QUE YO SEA PEOR, ni tampoco que sea mejor, a menos que me induzcan a acercarme más a mi Redentor".

DESDE EL TIEMPO CUANDO NOS MUDAMOS A BATTLE CREEK, EL SEÑOR COMENZÓ A DESHACER NUESTRA CAUTIVIDAD.
Encontramos en Michigan amigos que simpatizaron con nosotros, quienes estaban listos a compartir nuestras cargas y a suplir nuestras necesidades. Antiguos y leales amigos que vivían en la zona central de Nueva York y Nueva Inglaterra, especialmente en Vermont, se compadecieron de nosotros en nues­tras aflicciones y estuvieron listos para ayudarnos en tiempo de necesidad.

En la conferencia celebrada en Battle Creek en noviembre de 1856, Dios obró en nuestro favor. Sus siervos se preocuparon de los dones para la iglesia. Si el desagrado de Dios se había manifestado sobre su pueblo porque sus dones habían sido escasos y los habían descuidado, ahora existía la agradable perspectiva de contar nueva­mente con su aprobación, de que él misericordiosamente quisiera revivir esos dones que serían usados en la iglesia para ANIMAR a los desalentados Y PARA CORREGIR Y REPROCHAR a los descarriados.

La Causa Re­cibió nueva luz y nuestros predicadores trabajaron con éxito. (99) Hubo gran demanda de publicaciones y éstas resultaron ser justamente lo que la causa necesitaba. The Messenger of Truth (El Mensajero de la Verdad) pronto dejó de circular, y los espíritus contrarios que habían hablado en sus páginas se desbandaron. Mi esposo pudo pagar todas sus deudas. Dejó de toser y desapareció el dolor de sus pulmones y la aspereza de su garganta, y su salud fue restaurada gradual­mente, a tal punto que pudo predicar sin dificultad tres veces el sábado y el primer día. Su maravillosa restauración fue obra de Dios y a él le corresponde toda la gloria.

Cuando mi esposo se debilitó tanto, antes de salir de Rochester, quería librarse de la responsabilidad de la obra de publicaciones. Propuso que la iglesia se encargara de esa obra, y que fuera dirigida por una comisión de publicaciones que se designaría, y que nadie que trabajara en la oficina debía recibir nin­gún beneficio financiero de ello, fuera del sueldo recibido por su trabajo. Aunque este asunto se presentó en diversas oportunidades a nuestros hermanos, ellos no adoptaron nin­guna decisión, sino hasta 1861. 

Hasta ese momento mi esposo había sido el propietario legal de la casa editora y su único administrador. Apreciaba la confianza de los antiguos amigos de la causa, que reco­mendaron a su cuidado los recursos donados de tiempo en tiempo, a medida que el crecimiento de la obra lo exigía, para edificar la empresa de las publicaciones. Pero aunque con frecuencia se publicaba en las páginas de la Review que la casa editora era virtualmente propiedad de la iglesia, de todos mo­dos y por el hecho de ser mi esposo el único administrador legal, nuestros enemigos aprovecharon esa situación e hicieron todo lo posible por perjudicarlo y por retrasar el progreso de la causa, al acusarlo de especulación. En estas circunstancias él insistió en que se llevara a cabo la organización necesaria, lo cual produjo como resultado la incorporación de la Asociación Adventista de Publicaciones, de acuerdo con las leyes del Estado de Michigan, en la primavera de 1861. 

Aunque las preocupaciones que sobrevenían en relación con la obra de publicaciones y de otros ramos de la causa producían mucha incertidumbre, el mayor sacrificio que tuve que realizar en relación con la obra, fue dejar a mis hijos bajo el cuidado de otras personas. Enrique había estado alejado de nosotros durante cinco años, y Edson había recibido muy poca aten­ción de nuestra parte. Durante años nuestra familia fue muy numerosa, nuestro hogar fue como (100) un hotel, y nosotros estábamos ausentes de ese hogar gran parte del tiempo. 

Había experimentado pro­funda preocupación por que mis hijos crecieran libres de malos hábitos, y con frecuencia me sentía afligida al pensar en el contraste entre mi situación y la de otras personas que no aceptaban cargas ni preocupaciones, que podían estar siempre con sus hijos para aconsejarlos e instruirlos, y que pasaban su tiempo casi exclusivamente con sus propias familias. Yo me preguntaba: ¿Requiere Dios tanto de nosotros, dejando a otros sin preocupaciones? ¿Es esto igualdad? ¿Tenemos que pasar interminable­mente de una preocupación a otra, de una parte de la obra a otra, y tener sólo poco tiempo para educar a los hijos? 
Muchas noches, mientras otros dormían, las pasé llorando amargamente. A veces hacía planes más favorables para mis hijos, pero surgían inconvenientes que los anulaban. Yo era muy sensible a las faltas de mis hijos, y cada error cometido por ellos me producía mucha aflicción, al punto de afectar mi salud. He deseado que algunas madres se encontraran en mi misma situación du­rante corto tiempo, tal como yo me he encontrado durante años; entonces podrían apreciar las bendi­ciones de las que disfrutan y podrían simpatizar mejor conmigo en mis privaciones. 

Hemos orado y trabajado por nuestros hijos y los hemos puesto en sujeción. No descuidamos la vara, pero antes de usarla, tratamos de hacerles ver su falta; luego oramos con ellos. Procuramos hacer comprender a nues­tros hijos que nos haríamos merecedores del desagrado de Dios si los excusáramos en el pecado. Nues­tros esfuerzos fueron bendecidos para su propio bien. Su mayor placer consistía en complacernos. No estaban libres de faltas, pero creíamos que ellos serían corderitos en el rebaño de Cristo. En 1860 la muerte cruzó el umbral de nuestra puerta y rompió la rama más joven del árbol de nuestra familia. El pequeño Herbert, nacido el 20 de Septiembre de 1860, murió el 14 de Diciembre del mismo año. Cuando se quebró esa tierna rama, nadie sabrá el sufrimiento que experimentamos, fuera de los que han seguido a sus hijitos prometedores a la tumba. 
PERO CUANDO MURIÓ NUESTRO NOBLE HIJO ENRIQUE (Topsham, Maine, el 8 de Diciembre de 1863), a la edad de 16 años; cuando nuestro dulce cantor fue llevado a la tumba y ya no escuchamos más sus cantos, nuestro hogar quedó muy solitario. (101) Am­bos padres y los dos hijos que quedaban, sentimos el golpe en forma muy fuerte. Pero Dios nos consoló en nuestra aflicción, y llenos de fe y valor seguimos adelante en la obra que él nos había encomendado, con grandes esperanzas de encontrar a nuestros hijos, quienes nos habían sido arrancados por la muerte, en el mundo en el que la enfermedad y la muerte no existirán. 
EN AGOSTO DE 1865, mi esposo fue repentinamente afectado por un ataque de parálisis. Este fue un duro golpe, no sólo para mí y mis hijos, sino también para la causa de Dios. Las iglesias se vieron privadas tanto de los esfuerzos de mi esposo como de los míos propios. Satanás triunfó al quedar de esta manera estorbada la obra de la verdad. Pero damos gracias a Dios porque no se le permitió destruirnos. 
DES­PUÉS de haber estado alejada de todo trabajo activo durante quince meses, nuevamente emprendimos juntos la tarea de trabajar por las iglesias. Habiendo comprendido finalmente que mi esposo no se recuperaría de su larga enfermedad mientras permaneciera inactivo, y que había llegado el momento cuando yo debía salir y dar mi testimonio al pueblo, decidí hacer un viaje por la parte norte de Michigan, acompañada por mi esposo, a pesar de que él se hallaba en un estado extremo de debilidad, y aunque nos encontrábamos en la parte más fría del invierno. NECESITÉ gran valor moral y fe en Dios para tomar la decisión de arriesgar tanto; pero sabía que había un trabajo que debía ser realizado, y me parecía que Satanás estaba decidido a impedirme que lo llevara a cabo. Había esperado demasiado tiempo para ser liberada de nuestra cautividad y temía que muchas almas preciosas se perdieran a causa de la demora. Permanecer alejados del campo durante más tiempo me parecía peor que la muerte. Si hubiéramos querido abandonar la causa tendríamos que haber estado dispuestos a perecer. DE ESE MODO, el 19 de Diciembre de 1866 salimos de Battle Creek en medio de una tormenta de nieve, con rumbo a Wright, Michigan. Mi esposo soportó el viaje de 130 kilómetros mucho mejor de lo que yo había anticipado, y cuando llegamos a nuestro destino parecía encontrarse tan bien como lo estaba cuando salimos de Battle Creek. Allí comenzaron nuestros primeros esfuerzos efectivos desde su enfermedad. Allí comenzó él a trabajar como en años anteriores, aunque se encontraba más débil. Hablaba durante treinta o cuarenta minutos el sábado de mañana y también el domingo, mientras yo (102) ocupaba el resto del tiempo, y luego también hablaba en la tarde de cada uno de estos días, como una hora y media cada vez. La congrega­ción nos escuchaba con gran atención. 
VI QUE MI ESPOSO se iba poniendo más fuerte, se hacía más claro y más coherente en sus temas. Y en una ocasión en que él habló durante una hora con claridad y poder, teniendo sobre sí la carga de la obra como antes de su enfermedad, mis sentimientos de gratitud fueron indecibles. Me levanté en medio de la congregación y por casi media hora procuré expresarlos en me­dio de mis lágrimas. La congregación quedó muy conmovida. Tuve la seguridad de que éste era el co­mienzo de días mejores para nosotros. La mano de Dios en la restauración de mi esposo se vio en forma evidente. Probablemente ninguna otra persona sobre la que ha caído un golpe como el que afectó a mi esposo se ha recuperado. Sin embargo, el grave ataque de parálisis que le había afectado seriamente el cerebro, fue quitado de su siervo por la bondadosa mano de Dios, y se le concedió nueva fortaleza en el cuerpo y en la mente. 
DURANTE LOS AÑOS QUE SIGUIERON A LA RECUPERACIÓN DE MI ESPOSO, el Señor abrió ante nosotros un vasto campo de labores. Aunque al comienzo encaré con timidez mi responsabilidad como oradora, sin em­bargo a medida que la providencia de Dios abría el camino delante de mí, llegué a presentarme confia­damente ante vastas congregaciones. 
ASISTIMOS juntos a las reuniones campestres de reavivamiento es­piritual y a otras grandes reuniones desde Maine hasta Dakota, desde Michigan hasta Texas y Califor­nia. 
La Obra Comenzada Con Debilidad Y Oscuramente Ha Continuado Creciendo Y Fortaleciéndose.
LAS CASAS EDITORAS que funcionan en Michigan y en California, y las misiones establecidas en Inglaterra, Noruega y Suiza, dan testimonio de ese crecimiento. En lugar de la publicación de nuestro primer folleto llevado al correo en una maleta, ahora salen mensualmente de nuestra casa editora unos 140 mil ejemplares de diversos periódicos. La mano de Dios ha acompañado su obra y la ha hecho prosperar y crecer. La historia de los años posteriores de mi vida abarca la historia de diversas empresas que han surgido entre nosotros y con las cuales la obra de mi vida se ha relacionado estrechamente. 
MI ESPOSO Y YO TRA­BAJAMOS CON LA PLUMA Y LA VOZ PARA EDIFICAR ESTAS INSTITUCIONES. Aun una breve descripción de lo que nos aconteció durante esos (103) activos y ocupados años sobrepasaría los límites de esta obra. Todavía no han cesado los esfuerzos de Satanás por estorbar la obra y destruir a los obreros; pero Dios ha cui­dado de sus siervos y también de su obra. 1TI

lunes, 30 de septiembre de 2019

12. PUBLICANDO Y VIAJANDO. (APUNTES BIOGRÁFICOS DE ELENA G. DE WHITE). TESTIMONIO PARA LA IGLESIA. TOMO 1.


En Junio de 1849, se nos presentó la oportunidad de establecer nuestro hogar temporalmente en Rocky Hill, Connecticut. El 28 de julio nació en este lugar nuestro segundo hijo, Jaime Edson. 
Mientras vivíamos allí, mi esposo tuvo la impresión de que era su deber escribir y publicar acerca de la verdad presente. Se sintió muy animado y bendecido al decidir hacerlo, pero también perplejo puesto que carecía de dinero. Había hermanos que tenían recursos económicos, pero no estuvieron dispuestos a compartirlos. Finalmente, presa del desánimo, abandonó la idea y decidió buscar un campo de heno para segarlo. Al salir él de la casa, sentí una gran preocupación y me desmayé. Ofrecieron oraciones para mi restablecimiento y fui bendecida y tomada en visión.

 Vi que el Señor había bendecido y fortalecido a mi esposo para que trabajara en el campo un año antes; que él había utilizado correcta¬mente los medios que había recibido; y que tendría cien veces más en su vida, y si era fiel, una abundante recompensa en el reino de Dios; pero que en esta ocasión, el Señor no le concedería fortaleza para trabajar en el campo, porque tenía otra obra para él; que debía avanzar con fe y escribir y publicar acerca de la verdad presente. Comenzó a escribir inmediatamente, y cuando llegaba a algún pasaje difí¬cil, le pedíamos al Señor que nos revelara el verdadero significado de su Palabra. 

Más o menos en ese tiempo comenzó a publicar una hojita tituladaThe Present Truth (La verdad presente). La imprenta se encontraba en Middletown, a doce kilómetros de Rocky Hill, y él con (88) frecuencia caminaba esta distancia de ida y vuelta, aunque entonces cojeaba de un pie. Cuando trajo el primer número de la imprenta, nos arrodillamos alrededor de él y le pedimos al Señor con humildad y muchas lágrimas que bendijera los débiles esfuerzos de su siervo. Luego mi esposo envió las hojitas a todas las personas que pensó que las leerían, y las llevó al correo en un bolso de mano. Cada número se llevaba cada vez de Middletown a Rocky Hill. Antes de preparar las publicaciones para llevarlas al correo, las extendíamos delante del Señor y orábamos fervorosamente y con lágrimas, rogando que su bendición acompañara a los mensajeros silenciosos. Muy pronto comenzaron a llegar cartas con dinero destinado a la publicación de este folleto, y también las buenas nuevas de que muchas personas estaban aceptando la verdad. 

No interrumpimos nuestros esfuerzos por predicar la verdad cuando comenzamos esta obra de publicaciones, sino que seguimos viajando de un lugar a otro, proclamando las doctrinas que nos habían traído tanta luz y gozo; continuamos animando a los creyentes, corrigiendo los errores y poniendo las cosas en orden en la iglesia. Con el fin de llevar adelante la empresa de las publicaciones, y al mismo tiempo continuar nuestros trabajos en diferentes partes del campo, la publicación del folleto se trasladó a diversos lugares. 

En 1850 se publicó en Paris, Maine. En ese lugar lo ampliamos y le cambiamos el nombre por el que tiene en la actualidad: The Advent Review and Sabbath Herald (La revista adventista y heraldo sabático). Los amigos de la causa eran escasos y carecían de riquezas, de modo que todavía nos sentíamos obligados a luchar con la pobreza y con gran desánimo. El trabajo excesivo, las preocupaciones, la ansiedad, la falta de alimentos nutritivos y la exposición al frío durante nuestros largos viajes invernales, fueron demasiado para mi esposo, por lo que fue derribado por el peso de la carga. Se puso tan débil que apenas podía caminar hasta la imprenta. Nuestra fe fue probada en grado sumo. Habíamos soportado voluntariamente las privaciones, el trabajo y el sufrimiento; sin embargo la gente interpretó mal nuestros motivos y éramos considerados con desconfianza y celos. Pocas personas por cuyo bien habíamos trabajado daban muestras de apreciar nuestros esfuerzos. Nos encontrábamos demasiado confundidos para poder dormir o descansar. 

Las horas durante las cuales debiéramos haber repuesto fuerzas mediante el sueño, con frecuencia las pasábamos contestando largas comunicaciones (89) ocasionadas por la envidia; y mientras otros dormían, pasamos muchas horas derramando lágrimas de agonía y lamentándonos delante del Señor. Finalmente mi esposo dijo: "Esposa, es inútil seguir luchando durante más tiempo. Estas cosas me están destruyendo y pronto me enviarán a la tumba. No puedo seguir más. He escrito una nota para el folleto diciendo que no seguiré publicándolo". Me desmayé cuando él salió de la casa para llevar la nota a la imprenta. Mi esposo volvió y oró por mí; su oración fue contestada y yo me sentí aliviada. A la mañana siguiente mientras la familia oraba, fui tomada en visión y se nos mostraron los asuntos que nos preocupaban. 

Vi que mi esposo no debía dejar de publicar el folleto; porque eso era justamente lo que Satanás estaba tratando que él hiciera, y trabajaba mediante sus agentes para conseguirlo. Se me mostró que debíamos continuar publicando y que el Señor nos sustentaría; que los que eran culpables de haber arrojado tales cargas sobre nosotros tendrían que ver la extensión de su cruel comportamiento, y volver confesando su injusticia, de lo contrario se encontrarían con el desagrado divino; que no habían hablado y actuado solamente contra nosotros, sino contra Aquel que nos había llamado a ocupar el lugar que él deseaba que ocupáramos; y que todas sus sospechas, celos e influencia secreta habían sido registradas fielmente en el cielo, y no serían eliminadas hasta que todos los que habían participado en esto vieran la extensión de su conducta equivocada y desanduvieran cada paso. 

El segundo volumen de la Review se publicó en Saratoga Springs, Nueva York. En abril de 1852 nos mudamos a Rochester, Nueva York. Nos veíamos obligados a dar cada paso por fe. Todavía estábamos afligidos con la pobreza y nos veíamos en la necesidad de ejercer la más rígida economía y abnegación. 

A CONTINUACIÓN daré un breve extracto de una carta escrita a la familia del hermano Howland, fechada 16 de abril de 1852: "Nos estamos estableciendo en Rochester. Hemos alquilado una casa vieja por 175 dólares al año. Tenemos la prensa en la casa. Si no fuera por esto, tendríamos que pagar otros cincuenta dólares al año por un cuarto donde tenerla. Ustedes se sonreirían si pudieran ver en qué consisten nuestros muebles. Compramos dos armaduras de cama por veinticinco centavos cada una. Mi esposo me trajo seis sillas viejas, ninguna de las cuales era igual, por las que pagó un dólar, y poco después (90) me trajo otras cuatro sillas viejas sin asiento, por las que pagó sesenta y dos centavos. Los marcos están firmes y les he puesto asientos de una tela resistente. 

La mantequilla cuesta tan cara que no la compramos, ni tampoco podemos comprar papas. Utilizamos salsa en lugar de mantequilla, y nabos en vez de papas. 

Nos servimos las primeras comidas en una mesa hecha con unas tablas colocadas encima de dos barriles de harina vacíos. Estamos dispuestos a sufrir privaciones si la obra de Dios puede adelantarse con ello. Creemos que la mano del Señor nos dirigió al venir a este lugar. Hay un extenso campo en el cual trabajar y hay sólo pocos obreros. Nuestra reunión del último sábado fue excelente. El Señor nos reconfortó con su presencia". 

De tiempo en tiempo salíamos para asistir a conferencias a diferentes partes del campo. Mi esposo predicaba, vendía libros y trabajaba para extender la circulación de la revista. Viajábamos en un medio de transporte privado y nos deteníamos a mediodía para dar de comer a nuestro caballo junto al camino y para almorzar nosotros. Luego, armado de lápiz y papel, mi esposo escribía artículos para la Review y el Instructor, apoyando las hojas sobre la tapa de la caja en la que llevábamos el almuerzo o bien encima de su sombrero. 

El Señor bendijo abundantemente nuestros esfuerzos y la verdad afectó muchos corazones. 

AVANZANDO POR FE
En el verano de 1853 efectuamos nuestro primer viaje al Estado de Michigan. Después de haber publicado las fechas en que visitaríamos los distintos lugares, mi esposo cayó postrado con fiebre. Nos unimos en oración en favor de él, y aunque se sintió aliviado siguió muy débil. Estábamos muy confundidos. ¿Tendríamos que apartarnos de nuestro trabajo debido a la enfermedad del cuerpo? ¿Se le permitiría a Satanás ejercer su poder sobre nosotros y contender por nuestra utilidad y nuestras vidas mientras permaneciéramos en el mundo? 
Sabíamos que Dios podía limitar el poder de Satanás. Él podía permitir que sufriéramos en el horno, pero nos sacaría purificados y mejor preparados para su obra. En oración privada derramé mi alma delante de Dios para que reprendiera la enfermedad y fortaleciera a mi esposo a fin de que pudiera soportar el viaje. El caso era urgente y mi fe se aferró firmemente a las promesas de Dios. Obtuve allí la evidencia de que si proseguíamos nuestro viaje hacia Michigan, el ángel de Dios nos acompañaría. Cuando referí a mi esposo mis preocupaciones, él (91) me dijo que también había tenido preocupaciones similares; pero decidimos ir, confiando en el Señor. Con cada kilómetro que recorríamos aumentaban sus fuerzas. El Señor lo sostuvo. Y mientras él predicaba la Palabra, sentí la seguridad de que los ángeles de Dios estaban a su lado para prestarle ayuda en sus esfuerzos. 

Durante este viaje mi esposo se preocupó mucho del tema del espiritismo, y poco después de regresar comenzó a escribir un libro titulado Signs of the Times (Señales de los Tiempos). Todavía estaba débil y podía dormir muy poco, pero el Señor le sirvió de apoyo. Cuando sentía confusión y angustia mental, se volvía a Dios y clamaba buscando alivio. Dios escuchaba nuestras fervientes oraciones y con frecuencia bendecía a mi esposo, y él, con el espíritu renovado, continuaba con su trabajo. Muchas veces durante el día buscábamos a Dios en ferviente oración. Ese libro no fue escrito con las fuerzas de mi esposo. Durante el invierno y la primavera sufrí mucho del corazón. Me resultaba difícil respirar estando acostada. Se me interrumpía la respiración, y también me desmayaba frecuentemente. Tenía una hinchazón en el párpado izquierdo, que parecía ser cáncer. Había ido aumentando gradualmente durante más de un año, hasta hacerse muy dolorosa, y afectaba mi vista. Cuando leía o escribía, me veía obligada a vendar el ojo afligido. Temía que fuera destruido por un cáncer. 

Recordaba los días y las noches pasados leyendo pruebas de imprenta, y ese esfuerzo intenso había fatigado mis ojos. Pensé: "Si pierdo mi ojo y mi vida, será como sacrificio por la causa de Dios". Por ese tiempo un médico que atendía gratuitamente a los pacientes visitó Rochester, y decidí que él examinara mi ojo. El pensaba que la hinchazón era realmente un cáncer. Pero después de tomarme el pulso, dijo: "Usted está muy enferma y morirá de apoplejía antes que esa hinchazón se abra. Usted se encuentra en un peligroso estado de salud, y tiene el corazón enfermo'. Esto no me asombró, porque me había dado cuenta que sin pronta ayuda médica descendería a la tumba. 
Otras dos mujeres que acudieron a la consulta médica también sufrían la misma enfermedad. El médico dijo que yo me encontraba en un estado más peligroso que cualquiera de las dos, y que al cabo de tres semanas me vería afligida de parálisis. Le pregunté si él creía que sus medicamentos me curarían. No me dio mucho ánimo. Probé los remedios que prescribía, pero no recibí ningún beneficio. (92) Al cabo de unas tres semanas me desmayé y caí postrada, y permanecí casi inconsciente durante 36 horas. Se temía que no viviera, pero en respuesta a la oración nuevamente reviví. 

Una semana después recibí un golpe en el lado izquierdo. Tenía una extraña sensación de frío e insensibilidad en la cabeza, y fuerte dolor en las sienes. Sentía la lengua pesada e insensible, y no podía hablar bien. No podía mover el brazo ni el lado izquierdo. Pensé que estaba muriendo, y en medio de mis sufrimientos sentí una gran ansiedad por recibir una evidencia de que el Señor me amaba. Durante meses había sufrido de dolor continuo en el corazón y me encontraba constantemente deprimida. Había tratado de servir a Dios por principio, sin hacer intervenir mis sentimientos, pero ahora anhelaba la salvación de Dios. Deseaba profundamente recibir su bendición a pesar de mi sufrimiento físico. Los hermanos se reunieron para orar especialmente por mi caso. Mi deseo quedó satisfecho y recibí la bendición de Dios y tuve la seguridad de que él me amaba. Pero el dolor continuó y seguí debilitándome poco a poco. 

Nuevamente los hermanos se reunieron para presentar mi caso delante del Señor. Yo estaba tan débil que no podía orar en voz alta. Mi condición al parecer debilitó la fe de los que me rodeaban. Luego recordé las promesas del Señor como nunca antes las había recordado. Me parecía que Satanás se esforzaba por arrancarme del lado de mi esposo y de mis hijos, para lanzarme en la tumba, y las siguientes preguntas surgieron en mi mente: ¿Puedes creer tú exclusivamente en la promesa de Dios? ¿Puedes avanzar por fe y dejar que la apariencia sea lo que sea? La fe revivió. Le dije a mi esposo en un susurro: "Yo sé que me recuperaré". El contestó: "Quisiera poder creer lo mismo". Llegó la noche sin que yo recibiera ningún alivio, y sin embargo seguí confiando firmemente en las promesas de Dios. No pude dormir, pero continué mi oración silenciosa. Pude conciliar el sueño al amanecer. 

Cuando el sol salía, me desperté sin sentir ningún dolor. Había desaparecido la presión en el corazón y me sentía muy feliz. ¡Qué cambio se había operado! Me parecía que un ángel de Dios me había tocado mientras dormía. Sentí una enorme gratitud. Mis labios pronunciaron alabanzas a Dios. Desperté a mi esposo y le referí la curación admirable que Dios había efectuado en mí. Al comienzo casi no lo pudo creer, pero cuando me levanté y me vestí y caminé (93) por la casa, él también alabó a Dios conmigo. Había cesado también el dolor en mi ojo enfermo, y a los pocos días la hinchazón había desparecido y había recuperado plenamente la vista. 

La obra de curación había sido completa. Fui a ver al médico nuevamente, y apenas me tomó el pulso me dijo: "Señora, ha ocurrido un cambio completo en su organismo; pero las dos mujeres que me consultaron la última vez que usted estuvo aquí, han muerto". Le dije que no había sido curada con la medicina que él me había dado. Cuando me hube ido, el médico le dijo a una amiga mía: "Su caso es un misterio. No lo comprendo". 

Pronto visitamos Michigan nuevamente, y tuve que soportar largos y cansadores viajes por caminos ásperos, y aun tuvimos que pasar por lugares llenos de barro; pero no por eso me abandonaron mis fuerzas. Pensamos que el Señor deseaba que visitáramos Wisconsin, e hicimos arreglos para embarcarnos en el tren en Jackson, a las diez de la noche. Mientras nos preparábamos para tomar el tren, nos embargó un sentimiento de gran solemnidad y nos pusimos a orar. Mientras nos encontrábamos allí encomendándonos a Dios, no pudimos dejar de llorar. Fuimos a la estación con sentimientos de profunda solemnidad. Al subir al tren, entramos en un carro de adelante, que tenía asientos con respaldos altos, con la esperanza de poder dormir algo esa noche. Pero como el carro estaba lleno, seguimos hasta el próximo, y en él encontramos asientos. 

En esta ocasión no me quité el sombrero como era mi costumbre cuando viajábamos de noche, y además mantuve la mano en la maleta, como si esperara algo. Ambos hicimos comentarios acerca de los extraños sentimientos que experimentábamos. El tren se había alejado un poco más de cuatro kilómetros de Jackson cuando comenzó a moverse con gran violencia, y a sufrir grandes sacudidas, hasta que finalmente se detuvo. Abrí la ventana y vi que uno de los vagones se había descarrilado y uno de sus extremos se encontraba muy elevado. Escuché gritos de dolor y había gran confusión. La locomotora también se había descarrilado, pero el vagón en el que nos encontrábamos no había sufrido ningún daño, y se encontraba separado de los demás a una distancia de unos treinta metros. El vagón del equipaje no había recibido mucho daño, de modo que nuestro gran baúl con libros se encontraba intacto. 

El vagón de segunda clase estaba deshecho, y sus secciones, (94) todavía con pasajeros adentro, habían caído a ambos lados de la vía. El vagón en el que habíamos procurado encontrar asientos estaba muy averiado, y uno de sus extremos se elevaba sobre un montón de escombros. El mecanismo de acoplamiento no se había roto, pero el vagón en el que nos encontrábamos había sido desenganchado del vagón que le precedía, como si un ángel los hubiera separado. Cuatro personas habían muerto o se encontraban heridas de muerte y muchas estaban lesionadas de gravedad. Comprendimos que Dios había enviado un ángel para que cuidara nuestras vidas. 

Regresamos a Jackson, y al día siguiente tomamos el tren hacia Wisconsin. Dios bendijo nuestra visita en ese Estado. Muchas almas se convirtieron como resultado de nuestros esfuerzos. El Señor me fortaleció para soportar el tedioso viaje. 

El 29 de Agosto de 1854 se añadió otra responsabilidad a nuestra familia con el nacimiento de Willy. Alrededor de ese tiempo recibimos el primer ejemplar de una revista falsamente llamada The Messenger of Truth (El Mensajero de la Verdad). Los que nos calumniaban en esa revista habían sido reprochados por causa de sus faltas y errores. No quisieron aceptar el reproche, y en forma secreta al comienzo y luego más abiertamente, emplearon su influencia contra nosotros. Hubiéramos podido soportar eso, pero además, algunas personas que debieran habernos apoyado fueron influenciadas por esos malvados. Algunos en quienes habíamos confiado, y que sabían que nuestros esfuerzos habían sido marcadamente bendecidos por Dios, nos retiraron su simpatía y la concedieron a personas que eran prácticamente desconocidas. 

El Señor me mostró la verdadera condición de ese grupo y lo que finalmente ocurriría con él; que consideraba con desagrado a las personas conectadas con esa revista y que su mano estaba contra ellas. Y aunque prosperaran durante un tiempo, y algunas personas honradas fueran engañadas, sin embargo la verdad triunfaría finalmente, y todas las almas sinceras se apartarían del engaño en que habían caído, y se libertarían de la influencia de esa gente perversa. Como la mano de Dios estaba contra ellos, finalmente fracasarían. Nuevamente se deterioró la salud de mi esposo. Tenía tos y le dolían los pulmones, y su sistema nervioso estaba en estado de postración. La ansiedad que experimentaba, las cargas que había soportado en Rochester, su trabajo en la oficina, la enfermedad y las muertes que habían ocurrido en la familia, la falta de simpatía (95) de los que habían compartido sus labores, juntamente con sus viajes y sus predicaciones, habían sido demasiado para su salud y al parecer la tuberculosis lo conducía rápidamente hacia la tumba.

 Fue ése un tiempo de abatimiento y tristeza. Unos pocos rayos de luz penetraban ocasionalmente a través de la espesa capa de nubes, dándonos un poco de esperanza, sin lo cual la desesperación nos hubiera hundido. En algunos momentos nos parecía como si Dios nos hubiera abandonado. Un grupo que publicaba la revista Messenger inventó toda clase de falsedades contra nosotros. Con frecuencia recordaba vívidamente las siguientes palabras del salmista: "No te impacientes a causa de los malignos, ni tengas envidia de los que hacen iniquidad. Porque como hierba serán pronto cortados, y como la hierba verde se secarán" (Salmo 37:1-2). 

Algunos que escribían en ese folleto hasta hablaron con expresiones de triunfo de la debilidad de mi esposo, diciendo que Dios se ocuparía de él, y lo quitaría del camino. Cuando mi esposo leyó esto mientras se encontraba enfermo, revivió su fe, y exclamó: No moriré, sino que viviré, y anunciaré las obras del Señor, y tal vez hasta predique en el funeral de ellos". 

Las nubes más espesas parecían cerrarse a nuestro alrededor. Gente malvada que profesaba piedad, bajo el mando de Satanás, se apresuró a inventar falsedades y a disponer sus fuerzas contra nosotros. Si la causa de Dios hubiera estado únicamente en nuestras manos, habríamos temblado; pero estaba en manos de Aquel que podía decir: "Nadie será capaz de arrancarla de mis manos". Sabíamos que Jesús vivía y reinaba. Podíamos decir ante el Señor: La causa es tuya, y tú sabes que no ha sido nuestra propia elección, sino por orden tuya, que hemos aceptado la parte que tenemos en ella. 1TI

11. MATRIMONIO Y ESFUERZOS SUBSIGUIENTES. (APUNTES BIOGRÁFICOS DE ELENA G. DE WHITE). TESTIMONIO PARA LA IGLESIA. TOMO 1.


El 30 de Agosto de 1846 me uní en matrimonio con el pastor Jaime White. El pastor White había tenido una profunda experiencia en el movimiento adventista, y Dios había bendecido su trabajo relacionado con la proclamación de la verdad. Nuestros corazones se unieron en la gran obra, y juntos viajamos y trabajamos por la salvación de las almas. 

Iniciamos nuestra obra sin dinero, con pocos amigos y con mala salud. Mi esposo había heredado un físico fuerte, pero se le había dañado gravemente la salud debido a que en la escuela se había aplicado exageradamente al estudio y luego se había dedicado intensamente a dar conferencias públicas.
 Yo había sufrido de mala salud desde mi infancia, tal como lo relaté al comienzo de esta obra. En esta condición, sin recursos financieros, con muy pocas personas que simpatizaban con nuestros conceptos, sin una revista y sin(76) libros, comenzamos nuestra obra. En ese tiempo no teníamos iglesias. Y no se nos había ocurrido la idea de utilizar una carpa. La mayor parte de nuestras reuniones las llevábamos a cabo en hogares privados. Nuestras congregaciones eran reducidas. Pocas veces asistían a nuestras reuniones personas que no fueran adventistas, a menos que se sintieran atraídas por la curiosidad de escuchar a una mujer hablar en público. 

Al comienzo actué con timidez en la obra de hablar públicamente. Si manifestaba alguna confianza, era la que me daba el Espíritu Santo. Si hablaba con libertad y poder, era porque Dios me lo concedía. Nuestras reuniones generalmente se conducían de modo que mi esposo y yo pudiéramos hablar. El presentaba un discurso doctrinal y luego yo seguía con una exhortación bastante más larga, abriéndome camino hacia los sentimientos de la congregación. De modo que mi esposo sembraba, yo regaba la semilla de la verdad, y Dios producía el fruto. 

LA IMPORTANCIA DEL SÁBADO
EN EL OTOÑO de 1846 comenzamos a observar el sábado bíblico, a enseñarlo y a defenderlo. Entré en contacto por primera vez con la verdad del sábado mientras visitaba la localidad de New Bedford, Massachussets, en los primeros meses del año mencionado. Conocí en ese lugar al pastor José Bates, quien había aceptado la fe adventista y era un activo obrero en la causa.. 
El pastor Bates observaba el sábado y hablaba de su importancia. YO NO VEÍA cuál podía ser su importancia, y pensaba que el pastor Bates erraba al espaciarse en el cuarto mandamiento más que en cualquiera de los otros nueve. 

Pero el Señor me dio una visión del santuario celestial. El templo de Dios estaba abierto en el cielo y se mostró el arca de Dios cubierta con el propiciatorio. Había dos ángeles, uno en cada extremo del arca, con sus alas extendidas sobre el propiciatorio y sus rostros vueltos hacia él. Mi ángel acompañante me informó que éstos representaban a toda la hueste celestial que miraba con reverencia la santa ley que había sido escrita por el dedo de Dios.
 Jesús levantó la cubierta del arca y contemplé las tablas de piedra en las que los Diez Mandamientos se encontraban escritos. Quedé asombrada al ver el cuarto mandamiento en el centro mismo de los otros diez, rodeado por un suave halo de luz. El ángel me dijo: “Es el único de los diez que define al Dios viviente que creó los cielos y la tierra y todas las cosas que en ellos hay. Cuando se colocaron los fundamento de la tierra también se colocó el fundamento del sábado como día de reposo”. (77) 

Se me mostró que si se hubiera observado siempre el verdadero día de reposo, nunca hubiera existido un infiel o un ateo. La observancia del día de reposo hubiera preservado al mundo de la idolatría. 

El cuarto mandamiento ha sido violado, de modo que todos somos llamados a reparar la brecha que se ha abierto en la ley, y a restablecer el día de reposo que ha sido pisoteado. El hombre de pecado, que se exaltó por encima de Dios, y pensó en cambiar los tiempos y la ley, produjo el cambio del día de reposo del séptimo día al primer día de la semana. Al hacerlo, abrió una brecha en la ley de Dios. 

Justamente antes del gran día de Dios se envía un mensaje que insta a la gente a que reafirme su lealtad a la ley de Dios quebrantada por el anticristo. Hay que llamar la atención a la brecha abierta en la ley mediante precepto y ejemplo. Se me mostró que el tercer ángel, que proclama los mandamientos de Dios y la fe de Jesús, representa al pueblo que recibe el mensaje y levanta su voz de advertencia al mundo instándolo a observar los mandamientos de Dios en forma muy minuciosa, y que en respuesta a esta amonestación muchos aceptarían el sábado como día de reposo del Señor. 

EL SUFRIMIENTO COMO MEDIO DE EDUCACIÓN.
CUANDO recibimos la luz acerca del cuarto mandamiento, había unos veinticinco adventistas en Maine que observaban el sábado como día de reposo; pero tenían tantas diferencias acerca de otros puntos doctrinales, y vivían tan alejados unos de otros, que su influencia era escasa. Había más o menos el mismo número, y en condiciones similares, en otros lugares de Nueva Inglaterra. Considerábamos nuestro deber visitar con frecuencia a estas personas en sus hogares, para fortalecerlas en el Señor y en su verdad, y como se encontraba tan alejadas, fue para nosotros necesario dedicarnos a viajar una buena parte del tiempo. Por falta de recursos económicos utilizamos el medio de transporte más barato, vagones de segunda clase y pasaje en la cubierta inferior en los barcos de vapor. A mí me resultaba más cómodo viajar en un medio de transporte privado. 
Cuando viajaba en vagones de segunda clase generalmente nos envolvía una nube de humo de tabaco, razón por la cual con frecuencia me desmayaba. 
Cuando viajábamos en la cubierta inferior de los barcos de vapor, también sufríamos a causa del humo del tabaco, y además teníamos que escuchar las maldiciones y la conversación vulgar de la tripulación y de los pasajeros sin educación. 

En la noche nos acostábamos en el duro piso para dormir, sobre cajones o sobre sacos de grano, utilizábamos nuestras maletas como(78) almohadas y nos tapábamos con nuestros abrigos y chales. Cuando sentíamos mucho frío en el invierno, caminábamos por la cubierta para entrar en calor. Cuando nos oprimía el fuerte calor del verano, subíamos a la cubierta superior para respirar el aire fresco de la noche. Esto me resultaba muy fatigoso, especialmente cuando viajaba con un niño en los brazos.

Nosotros no habíamos elegido esta clase de vida. Dios nos llamó en nuestra pobreza y nos condujo a través del horno de la aflicción a fin de concedernos una experiencia que fuera de gran valor para nosotros y un ejemplo para los que se unieran a nuestro trabajo en el futuro. 

Nuestro Maestro conoció el dolor y la aflicción, y los que sufran con él reinarán con él. Cuando el Señor se le apareció a Saulo en ocasión de su conversión, no se propuso mostrarle todo el bien de que podría disfrutar, sino los grandes sufrimientos que tendría que padecer en su nombre. 

El sufrimiento ha sido la suerte del pueblo de Dios
 desde los días del mártir Abel. 

Los patriarcas sufrieron por ser leales a Dios y obedientes a sus mandamientos. La gran cabeza de la iglesia sufrió por nosotros; sus primeros apóstoles y la iglesia primitiva también sufrieron; los millones de mártires sufrieron y sufrieron también los reformadores. 

¿Y por qué habríamos nosotros –que tenemos la bendita esperanza de la inmortalidad, que se convertirá en realidad en el momento de la venida de Cristo, la cual no demorará mucho-, de acobardarnos a causa de una vida de sufrimiento? 

Si fuera posible tener acceso al árbol de la vida que está en medio del paraíso de Dios, sin experimentar antes sufrimientos, no disfrutaríamos de una recompensa tan valiosa por no haber sufrido por ella. 

Nos apartaríamos de la gloria; nos sobrecogería la vergüenza ante la presencia de los que pelearon la buena batalla, que corrieron la carrera con paciencia y que se aferraron a la vida eterna. Pero no habrá allí nadie que no haya elegido, como Moisés, padecer aflicciones con el pueblo de Dios. El profeta Juan vio la multitud de los redimidos, y preguntó quiénes eran. Recibió esta respuesta: “Estos son los que han salido de la gran tribulación, y han lavado sus ropas, y las han emblanquecido en la sangre del cordero” (Apoc. 7:14). 

UNA LUZ PROGRESIVA
Cuando comenzamos a presentar la luz acerca de la cuestión del sábado, no teníamos una idea claramente definida acerca del mensaje del tercer ángel de Apocalipsis 14:9-12. El énfasis mayor del testimonio que dábamos a la gente consistía en que el gran movimiento que anunciaba la segunda venida era de Dios, que los mensajes del (79) primer y segundo ángeles ya habían sido dados y que el mensaje del tercer ángel debía darse. Vimos que el mensaje del tercer ángel concluía con estas palabras: “Aquí está la paciencia de los santos, los que guardan los mandamientos de Dios y la fe de Jesús. (Apoc. 14:12). 

Y vimos tan claramente entonces, como ahora lo vemos, que esas palabras proféticas sugieren una reforma acerca del día de reposo. Pero no teníamos una posición definida acerca de lo que era la adoración de la bestia mencionada en ese pasaje ni del significado de la imagen y la marca de la bestia. 

Dios utilizó su Santo Espíritu para hacer brillar la luz sobre sus siervos, y con eso el tema se fue aclarando poco a poco en sus mentes. Su investigación requirió mucho estudio y gran cuidado para desentrañar eslabón tras eslabón. Gracias a la preocupación, la ansiedad y el trabajo incesante, ha avanzado la obra hasta que las grandes verdades de nuestro mensaje han llegado a constituir un todo claro, eslabonado y perfecto, que se ha predicado al mundo. 

LAS VISIONES
Hablé anteriormente de mi relación con el pastor Bates. Encontré que se trataba de un caballero cristiano y genuino, cortés y bondadoso. Me trató con gran ternura, como si hubiera sido su hija. La primera vez que me oyó hablar manifestó gran interés. Cuando termine mi discurso, se levantó y dijo: “Yo tengo mis dudas, como Tomás. No creo en visiones. Pero si pudiera creer que el testimonio que la hermana ha presentado esta noche es en realidad la voz de Dios para nosotros, sería el hombre más feliz. He quedado profundamente conmovido. Creo que la oradora es una persona sincera, pero no puedo explicar cómo es posible que a ella se le hayan mostrado las cosas admirables que acaba de presentarnos”. 

Pocos meses después de mi casamiento, asistí con mi esposo a unas reuniones llevadas a cabo en Topsham, Maine, a las que también asistió el pastor Bates. Por entonces aún no creía que mis visiones procedieran de Dios. Esa reunión fue una ocasión de mucho interés. El Espíritu de Dios descendió sobre mí y recibí una visión de la gloria de Dios, y por primera vez pude contemplar otros planetas. Cuando salí de la visión, relaté lo que había visto. Entonces el pastor Bates me preguntó si había estudiado astronomía. Contesté que no recordaba haber leído ni estudiado nada sobre astronomía. Él dijo: “Esto procede del Señor”. Nunca antes lo había visto tan aliviado y feliz. Su rostro brillaba con la luz del cielo, y exhortaba poderosamente a la iglesia.(80) 

ENFERMA DE GRAVEDAD
Después de esas reuniones mi esposo y yo regresamos a Gorham, lugar donde mis padres vivían. Allí enfermé de gravedad y sufrí muchísimo. Mis padres, mi esposo y mis hermanas se unieron en oración por mí, pero continué sufriendo durante tres semanas. Con frecuencia caía desmayada, como si estuviera muerta; pero revivía como respuesta a las oraciones. Mi agonía era tan intensa que rogaba a los que se encontraban junto a mí que no siguieran orando por mi restablecimiento, porque pensaba que sus oraciones sólo prolongaban mis sufrimientos. Nuestros vecinos me dieron por muerta. Al Señor pareció bien probar nuestra fe durante un tiempo. 

LLEGA LA SANIDAD
Un día, mientras mis amigos nuevamente se encontraban reunidos para orar en mi favor, un hermano que se encontraba presente y manifestaba una gran preocupación por mí, con el poder de Dios descansando sobre él se levantó de sus rodillas, vino hasta donde yo me encontraba y colocando las manos sobre mi cabeza, dijo: “Hermana Elena, Jesucristo te sana”; luego cayó hacia atrás postrado por el poder de Dios. Acepté que ese acto procedía de Dios y me abandonó el dolor. Me llené de agradecimiento y paz. En mi corazón tenía este pensamiento: “No existe ayuda para nosotros fuera de Dios. Podemos disfrutar de paz únicamente cuando descansamos en él y esperamos su salvación”. 

Al día siguiente sobrevino una fuerte tormenta, por lo que ninguno de nuestros vecinos vino a visitarnos. Me levanté y me fui a la sala de la casa. Cuando algunos vecinos vieron que las ventanas de mi cuarto estaban abiertas, supusieron que había muerto. No sabían que el gran Médico había entrado misericordiosamente en nuestra morada, había reprochado a la enfermedad y me había librado de ella. Al día siguiente viajamos casi sesenta kilómetros hasta Topsham. Algunas personas le preguntaron a mi padre cuándo realizarían el funeral. Mi padre preguntó: “¿De qué funeral hablan?” “Del funeral de su hija”, fue la respuesta. Mi padre respondió: “Ella ha sido sanada por la oración de fe y ahora va en camino hacia Topsham”. 

EL VIAJE EN BARCO
Algunas semanas después de esto, mientras viajábamos hacia Boston, tomamos el barco de vapor en Pórtland. Se levantó una fuerte tormenta y corríamos un tremendo riesgo. El barco se balanceaba peligrosamente y las olas se estrellaban contra las ventanas de los camarotes. Reinaba mucho temor en el sector de las damas. Muchas confesaban sus pecados y clamaban a Dios pidiendo misericordia.(81) Algunas invocaban a la Virgen María para que las protegiera, mientras otras hacían solemnes promesas a Dios de que si llegaban a tierra a salvo dedicarían sus vidas a su servicio. Era una escena de terror y confusión. Mientras el barco cabeceaba, una dama se volvió hacia mí y me dijo: “¿Usted no siente miedo? Considero que es un hecho que nunca llegaremos a tierra”. Le dije que había buscado refugio en Cristo y que si yo había terminado mi obra podía muy bien descansar en el fondo del océano como en cualquier otro lugar; pero si mi obra todavía no había concluido, todas las aguas del océano no bastarían para ahogarme. Tenía mi confianza puesta en Dios, y él nos llevaría a salvo hasta nuestro destino, si eso contribuía a su gloria. 

En ese momento aprecié la esperanza cristiana. La escena que se desarrollaba ante mí trajo a mi mente vívidos pensamientos acerca del día terrible de la ira divina, cuando los pobres pescadores serán sobrecogidos por la tormenta de su ira. Entonces habrá amargas exclamaciones de reconvención y lágrimas, confesiones de los pecados cometidos y ruegos pidiendo misericordia; pero será demasiado tarde. “Por cuanto llamé y no quisisteis oír, extendí mi mano, y no hubo quien atendiese, sino que des¬echasteis todo consejo mío y mi reprensión no quisisteis, también yo me reiré en vuestra calamidad” (Prov. 1:24-26). 

Por la misericordia divina todos llegamos a salvo a tierra. Pero algunos de los pasajeros que habían manifestado gran temor durante la tormenta, hablaron despreocupadamente de ella y dijeron que sus temores habían sido infundados. Una dama que había prometido solemnemente que se haría cristiana si se le salvaba la vida y podía ver tierra nuevamente, al salir del barco exclamó burlonamente: “¡Gloria a Dios, me alegro de volver a pisar esta tierra!” Le pedí que retrocediera en su pensamiento algunas horas, y recordara la promesa que había hecho. Se alejó de mí con una expresión de desprecio. 

Eso me hizo recordar el arrepentimiento que algunos sienten cuando están en el lecho de la muerte. Algunas personas se sirven a sí mismas y a Satanás durante toda su vida, y luego caen afligidas por la enfermedad, lo cual las hunde en la incertidumbre, manifiestan cierto grado de aflicción por el pecado, y tal vez se muestran dispuestas a morir, y sus amigos les hacen creer que se han convertido genuinamente y están listas para el cielo. Pero si estas personas recuperan la salud, siguen siendo tan rebeldes como siempre. Acuden a (82) mi mente las palabras de Proverbios 1:27-28: “Cuando viniere como una destrucción lo que teméis, y vuestra calamidad llegare como un torbellino; cuando sobre vosotros viniere tribulación y angustia, entonces me llamarán, y no responderá; me buscarán de mañana, y no me hallarán”. 

VIDA EN EL HOGAR
Nuestro hijo mayor, Enrique Nicolás White, nació en Gorham, Maine, el 26 de agosto de 1847. En octubre, los esposos Howland, de Topsham, nos ofrecieron bondadosamente una parte de su casa, lo que aceptamos con gozo y comenzamos nuestra vida de hogar con muebles prestados. Éramos pobres y pasamos por grandes estrecheces económicas. Habíamos resuelto no depender de los demás y sostenernos por nuestra propia cuenta, además de tener algo para ayudar a otros. Pero no fuimos prosperados. 

Mi esposo trabajaba duramente acarreando piedras para el ferrocarril; pero no logró recibir lo que le correspondía por su trabajo. Los hermanos Howland compartían bondadosamente con nosotros todo lo que podían; pero también ellos vivían en necesidad. Creían plenamente el primer y segundo mensajes, y habían compartido generosamente sus bienes para adelantar la obra, hasta quedar reducidos a lo que les proporcionaba su trabajo diario.

Mi esposo dejó de trabajar en el ferrocarril, y se fue con su hacha a cortar leña al bosque. Aunque sentía continuamente un dolor en el costado, trabajaba desde temprano en la mañana hasta el oscurecer, para ganar cincuenta centavos de dólar al día. Algunas noches no podía dormir debido al intenso dolor que experimentaba. Nos esforzamos por mantener buen ánimo y confiar en el Señor. Yo no me quejaba. 

En la mañana sentía gratitud a Dios porque nos había preservado durante una noche más, y en la noche agradecía porque nos había cuidado durante otra jornada. Un día, cuando nuestras provisiones se habían terminado, mi esposo fue a ver a su empleador para recibir dinero o provisiones. Era un día tormentoso y tuvo que caminar casi cinco kilómetros de ida y otros tantos de vuelta, en medio de la lluvia. Volvió a casa trayendo sobre la espalda un saco de provisiones atadas en diferentes compartimientos, pasó con esa carga por la aldea de Brunswick, un lugar donde había presentado mensajes espirituales con frecuencia. 

DÍAS DE PREPARACIÓN
Cuando entró en casa, muy cansado sentí un gran desánimo. Mi primer pensamiento fue que Dios nos había abandonado. Le dije a mi esposo: “¿A esto hemos llegado? ¿Nos(83) ha abandonado el Señor?” No pude contener mis lágrimas. Lloré y me lamenté durante horas, hasta que me desmayé. Se elevaron oraciones en mi favor. Cuando volví en mí, experimenté la influencia alentadora del Espíritu de Dios, y lamenté haberme dejado dominar por el desánimo. Deseamos seguir a Cristo y ser como él; pero a veces vacilamos a causa de las pruebas, y nos alejamos un tanto de él. 

Los sufrimientos y las pruebas nos acercan a Jesús. El horno encendido consume la escoria y hace brillar el oro. 

Esta vez se me mostró que el Señor nos había estado probando para nuestro propio bien, y preparándonos para trabajar en favor de otros; que nos había estado sacudiendo para impedir que nos estableciéramos cómodamente. 

Nuestro deber consistía en trabajar por las almas; si hubiéramos sido prosperados, el hogar nos hubiera parecido tan placentero que no nos habríamos sentido inclinados a abandonarlo. Por eso Dios había permitido que nos sobrevinieran pruebas, a fin de prepararnos para enfrentar conflictos todavía más grandes, a los que tendríamos que hacer frente en nuestros viajes. 

Pronto recibimos cartas de hermanos que vivían en diferentes estados que nos invitaban a visitarlos; pero carecíamos de medios para trasladarnos a esos lugares. Nuestra respuesta fue que no había forma de hacerlo. Pensé que sería imposible para mí viajar con mi hijo. No deseábamos depender de los demás y poníamos gran cuidado en vivir de acuerdo con nuestros recursos. Estábamos resueltos a sufrir antes que a endeudarnos. Disponía de medio litro de leche para mí y para mi hijo. Una mañana al salir mi esposo al trabajo, me dejó nueve centavos. Con ellos podría comprar leche para tres mañanas. Pasé un largo rato tratando de decidirme si comprar leche para mí y mi bebe o comprar una prenda de ropa que él necesitaba. Finalmente abandoné la idea de comprar leche y en cambio adquirí la tela necesaria para confeccionar la prenda que cubriría los brazos desnudos de mi hijito. 

El pequeño Enrique enfermó de gravedad, y empeoró con tanta rapidez que nos alarmamos mucho. Cayó en un estado de estupor; tenía la respiración rápida y pesada. Le dimos remedios sin ningún resultado positivo. Luego llamamos a una persona que conocía de enfermedades, quien nos dijo que era dudoso que se recuperara. Habíamos convertido al niño en una excusa para no trabajar por el bien de los demás, y temíamos que el Señor nos lo quitara. Una vez más nos postramos delante del Señor, y le pedimos (84) que tuviera compasión de nosotros y salvara la vida del niño: y le prometimos solemnemente avanzar confiando en él dondequiera que él nos enviara. 

Nuestras peticiones fueron fervientes y llenas de agonía. Por fe reclamamos las promesas de Dios y creímos que él escucharía nuestro clamor. La luz del cielo comenzó a brillar sobre nosotros abriéndose paso entre las nubes y nuestras oraciones fueron misericordiosamente contestadas. Desde ese momento el niño comenzó a recuperarse. 

DE VIAJE A DORCHESTER
Mientras nos encontrábamos en Topsham recibimos una carta del hermano Chamberlain, de Connecticut, instándonos a asistir a la conferencia que se llevaría a cabo en ese Estado en abril de 1848. Decidimos asistir si podíamos encontrar el dinero. Mi esposo arregló las cuentas con su empleador y recibió diez dólares que se le debían. Con cinco dólares compramos ropa que mucho necesitábamos, y luego parché el abrigo de mi esposo, y aun tuve que colocar un parche sobre otro, lo que hacía difícil distinguir la tela original de las mangas. Nos quedaron cinco dólares para ir a Dorchester, Massachu-setts. Nuestro baúl contenía casi todo lo que poseíamos en esta tierra, pero disfrutábamos de paz mental y de tranquilidad en la conciencia, y esto lo considerábamos demás valor que la comodidad terrenal. 

En Dorchester visitamos la casa del hermano Nichols, y al irnos, la hermana Nichols le dio a mi esposo cinco dólares, con los que él pagó el pasaje hasta Middletown, Connecticut. Éramos forasteros en esa ciudad y nunca habíamos visto a los hermanos de ese Estado. Nos quedaban solamente cincuenta centavos. Mi esposo no se atrevió a usar ese dinero para alquilar un coche, de manera que dejó el baúl sobre un montón de madera y salimos caminando en busca de alguien que fuera de nuestra misma fe. Pronto encontramos al hermano C., quien nos llevó a su casa. La conferencia se llevó a cabo en Rocky Hill, en un extenso aposento sin terminar de la casa del hermano Belden. Se reunieron como cincuenta hermanos, pero no todos ellos estaban plenamente en la verdad. Nuestra reunión fue interesante. El hermano Bates presentó los mandamientos en una luz clara, y su importancia fue destacada por pode¬rosos testimonios. La predicación de la Palabra tuvo como efecto afirmar a los que ya estaban en la verdad y despertar a los que no se habían decidido plenamente por ella.(85) 

Fuimos invitados a reunirnos con los hermanos del Estado de Nueva Cork el verano siguiente. Los creyentes eran pobres y no podían prometer hacer mucho para pagar nuestros gastos. Carecíamos de recursos para el viaje. La salud de mi esposo era deficiente, pero se le presentó la oportunidad de trabajar en un campo de heno, y él decidió hacer el trabajo. Entonces parecía que debíamos vivir por fe. Cuando nos levantábamos por la mañana nos arrodillábamos junto a nuestra cama y le pedíamos a Dios que nos concediera fuerzas para trabajar durante el día. No quedábamos satisfechos a menos que tuviéramos la seguridad de que el Señor había escuchado nuestra oración. Después de eso mi esposo salía a segar el heno con la guadaña, no con sus propias fuerzas, sino con las fuerzas del Señor. En la noche, cuando regresaba a casa, nuevamente orábamos a Dios pidiéndole fuerzas a fin de ganar los medios necesarios para esparcir su verdad. Con frecuencia nos bendecía abundantemente. 

En una carta al hermano Howland, de julio de 1848, mi esposo escribió: “Dios me concede la fuerza necesaria para trabajar duramente durante todo el día. ¡Alabado sea su nombre! Espero recibir unos pocos dólares para usar en su causa. He sufrido fatiga, dolor, hambre, frío y calor a causa del trabajo, mientras me esfuerzo por hacer el bien a nuestros hermanos, y estamos listos para sufrir aún más si Dios así lo requiere. 

Hoy me regocijo porque la comodidad, el placer y el bienestar de esta vida son un sacrificio sobre el altar de mi fe y esperanza. Si nuestra felicidad consiste en hacer felices a otros, entonces ciertamente nos sentimos felices. 

El verdadero discípulo no vivirá para gratificar su amado yo, sino para honrar a Cristo y para el bien de sus hijos. Debe sacrificar su comodidad, su placer, su bienestar, su conveniencia, su voluntad y sus propios deseos egoístas por la causa de Cristo, porque en caso contrario nunca reinará con él en su trono”. 

 VIAJE A NEW YORK
Los recursos obtenidos con el trabajo en el campo de heno fueron suficientes para satisfacer nuestras necesidades del momento y también para pagar nuestros gastos de viaje de ida y vuelta a 
Nueva York. 
Nuestra primera conferencia en Nueva Cork se llevó a cabo en Volney, en el galpón de un hermano. Había presentes unas treinta y cinco personas, todas las que se pudieron reunir en esa parte del Es-tado. Pero entre ellas difícilmente había dos que estuvieran de acuerdo. Algunos creían en errores serios y todos se esforzaban (86) por imponer sus propios puntos de vista, declarando que estaban de acuerdo con las Escrituras. 

Estas extrañas diferencias de opinión me afligieron mucho, porque veía que deshonraban a Dios. Esta situación me provocó una preocupación tan grande que me desmayé. Algunos temían que estuviera muriendo, pero el Señor escuchó las oraciones de sus siervos y reviví. La luz del cielo descansó sobre mí y pronto perdí el contacto con las cosas terrenas. 

Mi ángel acompañante presentó delante de mí algunos de los errores de las personas que nos acompañaban, y también la verdad en contraste con esos errores. Los conceptos discordantes que ellos pretendían que estaban de acuerdo con la Biblia, estaban únicamente de acuerdo con la opinión que ellos tenían de la Biblia, por lo que debían abandonar esos errores y unirse en el mensaje del tercer ángel.
Nuestra reunión tuvo un final triunfante.
 La verdad ganó la victoria. 
Los hermanos renunciaron a sus errores y se unieron en el mensaje del tercer ángel. Dios los bendijo abundantemente y añadió nuevos conversos. 

De Volney viajamos a Port Gibson para asistir a una reunión en el galpón del hermano Edson. Había presente personas que amaban la verdad, pero que habían prestado atención al error y lo habían creído. El Señor manifestó su poder entre nosotros antes de la finalización de la reunión. Nuevamente se me mostró en visión la importancia de que los hermanos del sector este del Estado de Nueva York abandonaran sus diferencias y se unieran en la verdad bíblica. 

Regresamos a Middletown, donde habíamos dejado a nuestro hijo durante nuestro viaje por el oeste. Y ahora tuvimos que hacer frente a un penoso deber. Por el bien de las almas consideramos que debíamos sacrificar la compañía de nuestro pequeño Enrique, a fin de entregarnos sin reservas a la obra. Mi salud era deficiente y era inevitable que tendría que dedicar una buena parte de mi tiempo a su cuidado. Fue una prueba muy severa, y sin embargo no me atreví a convertir al niño en un estorbo para el cumplimiento de mi deber. Yo creía que el Señor le había salvado la vida cuando había estado enfermo, y que si yo permitía que él me estorbara en el cumplimiento de mi deber, Dios me lo quitaría.
Sola ante el Señor, con sentimientos de dolor y muchas lágrimas, hice el sacrificio y renuncié a mi hijo úni¬co, que entonces tenía un año de edad, entregándolo a otra mujer para que hiciera las veces de madre y lo amara como una madre. 

Lo dejamos con la familia del hermano Howland, en quien (87) teníamos completa confianza. Estaban dispuestos a aumentar sus cargas con tal de dejarnos tan libres como fuera posible para que trabajáramos en la causa de Dios. Sabíamos que ellos podían cuidar mejor a Enrique de lo que yo podría hacer mientras viajaba, y que era para su propio bien tener un hogar y una buena disciplina. Me resultó muy duro alejarme de mi hijo. Noche y día veía su carita triste, sin embargo con la fuerza del Señor pude sacarlo de mi mente y procurar trabajar por el bien de otros. La familia del hermano Howland estuvo a cargo de Enrique durante cinco años. 
1TI EGW