Yo, yo soy el que borro tus rebeliones por amor de mí mismo, y no me acordaré de tus pecados.
Hazme recordar, entremos en juicio juntamente; habla tú para justificarte. (Isa. 43:25, 26).
Satanás vendrá a ti diciéndote: Tú eres un pecador. Pero, no dejes que él llene tu mente con el pensamiento de que, porque eres pecador, Dios te ha rechazado. Dile: Sí, yo soy un pecador, por eso necesito un Salvador. Necesito perdón, y Cristo dice que si voy a él no pereceré.
En su carta leo: "Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad" (1 Juan 1:9). Creeré en la palabra que me ha dejado. Obedeceré sus mandamientos.
Cuando Satanás te diga que estás perdido, contéstale: Sí, pero Jesús vino a buscar y a salvar
lo que se había perdido. Cuanto más grande mi pecado, tanto
más necesito un Salvador.
En el momento en que te aferras de las promesas de Dios por la fe y dices: "Yo soy la oveja perdida que Jesús vino a salvar", una nueva vida tomará posesión de ti y recibirás fuerza para resistir al tentador.
Pero la fe que se
aferra a las promesas no viene mediante el sentimiento. "La
fe es por el oír, y el oír, por la Palabra de Dios" (Rom,
10:17). No debes esperar que se realice algún gran cambio, no
debes esperar sentir alguna emoción maravillosa. El Espíritu de Dios
debe hacer una impresión en tu mente...
Toma confiadamente la Palabra de Dios diciendo: El me ama. Dio su vida por mí, y me salvará... No te mires a ti mismo sino a Jesús. Abrázalo como a tu Salvador. Deja de quejarte de tu desvalida condición.
Al mirar a Jesús, el autor y consumador de tu fe, serás inspirado con esperanza y verás la salvación de Dios. Cuando te sientas tentado a murmurar, obliga a tus labios a pronunciar las alabanzas de Dios.
"Regocijaos en el Señor siempre". ¿Acaso no es digno de alabanza? Enseña, pues,
a tus labios a hablar de su gloria y a engrandecer su nombre (Carta 98b, 1896).
ELC 117
AUDIO. https://youtu.be/t1fqcAYla6Y
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