lunes, 7 de octubre de 2019

14. LA MUERTE DE MI ESPOSO. (APUNTES BIOGRÁFICOS DE ELENA G. DE WHITE). TESTIMONIO PARA LA IGLESIA. TOMO 1.


A pesar de los trabajos, preocupaciones y responsabilidades que habían abundado en la vida de mi es­poso, cuando cumplió 60 años de edad todavía se encontraba activo y vigoroso de mente y cuerpo. Tres veces había sufrido ataques de parálisis, y sin embargo, por la bendición de Dios, debido a una consti­tución física fuerte y a la estricta observación de las leyes de la salud, había conseguido recuperarse.

Nuevamente viajaba, predicaba y escribía con su celo y energía habituales. Habíamos trabajado lado a lado en la causa de Cristo durante 36 años, y esperábamos continuar juntos para ver el final triunfante. Pero no era ésa la voluntad de Dios.


El protector elegido de mi juventud, el compañero de mi vida, el que había participado de mis trabajos y aflicciones, ha sido tomado de mi lado y he quedado sola para terminar mi obra y pelear la batalla.


Pasamos juntos la primavera y la primera parte del verano de 1881 en nuestro hogar de Battle Creek. Mi esposo esperaba arreglar sus asuntos, para que pudiéramos trasladarnos a la costa del Pacífico y de­dicamos a escribir. Creía que habíamos cometido un error al permitir que las necesidades de la causa y los ruegos de nuestros hermanos nos hicieran ocupamos en el trabajo activo de predicación, cuando de­biéramos haber estado escribiendo.


Mi esposo deseaba presentar más plenamente los gloriosos temas de la redención, y yo había contemplado desde largo tiempo la preparación de libros importantes. Am­bos pensábamos que mientras nuestras facultades mentales se encontraran intactas, debíamos completar estas obras, y que era un deber hacia nosotros mismos y hacia la causa de Dios alejarnos del calor de la batalla y dar a nuestro pueblo la preciosa luz de la verdad con que Dios había iluminado nuestras men­tes. Algunas semanas antes de la muerte de mi esposo, le hablé con (104) urgencia acerca de la necesidad de buscar un campo de trabajo donde estuviéramos libres de las cargas que necesariamente nos llega­ban mientras nos encontrábamos en Battle Creek.


Como respuesta él se refirió a diversas cuestiones que requerían nuestra atención antes que pudiéramos salir. 
Se trataba de tareas que alguien debía reali­zar. 
Luego, con mucho sentimiento, preguntó: 
"¿Dónde están las personas que pueden hacer esta obra? ¿Dónde están los que manifestarán interés sin egoísmo en nuestras instituciones, y que se pondrán del lado de lo recto, sin dejarse afectar por ninguna influencia con la que entren en contacto?"


CON LÁGRIMAS manifestó su ansiedad por nuestras instituciones en Battle Creek. Dijo: "He dedicado mi vida a la edificación de estas instituciones. Abandonarlas sería como recibir la muerte. Son como mis hijos, y no puedo separar mi interés en ellas. Son los instrumentos de Dios para llevar a cabo un trabajo específico. Satanás procura estorbar e invalidar todos los recursos mediante los cuales el Señor trabaja para la salvación de los hombres.


Si el gran adversario logra moldear estas instituciones de acuerdo con las normas del mundo, habrá cumplido su propósito.


Mi mayor preocupación consiste en tener a la per­sona debida en el lugar adecuado. Si los que ocupan posiciones de responsabilidad manifiestan un po­der moral débil, y si son vacilantes en sus principios y se inclinan hacia el mundo, hay muchos que se dejarán conducir.


Las influencias malignas no deben prevalecer. Prefiero morir antes que ver estas ins­tituciones mal dirigidas o alejadas del propósito para el cual fueron creadas.


"En mi relación con esta causa, he pasado la mayor parte del tiempo conectado con la obra de publica­ciones. 
He caído tres veces afectado por la parálisis, a causa de mi devoción por esta rama de la obra. 
Ahora que Dios me ha concedido renovada energía física y mental, siento que debo servir a su causa como nunca antes he podido hacerlo. Debo ver prosperar la obra de publicaciones. Está entretejida con mi existencia misma. Si olvido sus intereses, que mi mano derecha pierda su destreza".


Teníamos el compromiso de asistir a unas reuniones que se celebrarían bajo carpa en la localidad de Charlotte el sábado 23 y el domingo 24 de Julio. Como yo me encontraba débil de salud, decidimos uti­lizar un medio de transporte privado para nuestro viaje. Aunque mi esposo estaba contento en el cami­no, manifestaba un (105) sentimiento de solemnidad.


 Alabó repetidamente al Señor por las misericor­dias y bendiciones recibidas, y expresó abundantemente sus propios sentimientos concernientes al pa­sado y al futuro: "El Señor es bueno, y debe ser grandemente alabado. Es una ayuda oportuna en tiem­po de necesidad. El futuro se muestra sombrío e incierto, pero el Señor no desea que nos preocupemos por esas cosas. Cuando surjan las dificultades, él nos dará su gracia para soportarlas. Lo que el Señor ha sido para nosotros y lo que ha hecho por nosotros debiera hacernos sentir mucho agradecimiento pa­ra nunca murmurar ni quejamos.


NUESTROS TRABAJOS, cargas y sacrificios, nunca serán plenamente apre­ciados por todos. He llegado a comprender que he perdido mi paz mental y la bendición de Dios al permitir que estas cosas me perturben. "Me ha parecido cosa dura el que mis motivos hayan sido mal juzgados, y que mis mejores esfuerzos por ayudar, animar y fortalecer a mis hermanos se hayan vuelto contra mí una vez tras otra. Pero debi­era haber recordado a Jesús y sus frustraciones. Su alma fue afligida porque no fue apreciado por la gente a quien vino a bendecir. Debiera haberme espaciado en la misericordia y la amante bondad de Dios, alabándolo más, y quejándome menos de la ingratitud de mis hermanos. Si hubiera depositado todas mis preocupaciones en el Señor, pensando menos en lo que otros decían y hacían contra mí, hubiera disfrutado de más paz y gozo. En adelante evitaré ofender por palabra o acción y ayudaré a mis hermanos a establecer caminos rectos para sus pies.


 No me detendré a lamentarme por ningún mal que se me haya infligido. He esperado de los hombres más de lo que debiera. Amo a Dios y su obra, y tam­bién amo a mis hermanos". A medida que continuábamos nuestro camino, no me imaginaba que ése sería el último viaje que haríamos juntos. El tiempo cambió repentinamente de un calor opresivo a un frío intenso. Mi esposo se enfrió, pero pensó que debido a su salud tan buena no recibiría un daño permanente. Se esforzó en las reuniones llevadas a cabo en Charlotee y presentó la verdad con mucha claridad y poder. Habló del placer que sentía al dirigirse a un grupo de personas que manifestaban un interés tan profundo en los temas que él mismo tanto apreciaba. "El Señor en verdad ha refrescado mi alma —dijo—, mientras he estado compartiendo con otros el pan de vida. En todo Michigan la gente pide ansiosamente que se la ayude. ¡Cuánto (106) anhelo consolarlos, animarlos y fortalecerlos con las preciosas verdades aplica­bles a este tiempo!"


 A nuestro regreso al hogar, mi esposo se quejó de una leve indisposición, y sin embargo se dedicó a su trabajo como lo hacía normalmente. 
Todas las mañanas nos dirigíamos a un bosquecillo cercano a fin de unirnos en oración. Sentíamos gran preocupación por saber cuál era nuestro deber. Recibíamos con­tinuamente cartas de distintos lugares en las que se nos instaba a asistir a las reuniones campestres de reavivamiento espiritual. A pesar de nuestra determinación de dedicarnos a escribir, resultaba difícil rehusar reunirnos con nuestros hermanos en esas importantes convocaciones. Orábamos fervientemente pidiendo sabiduría para discernir cuál era el curso que debíamos seguir. El sábado de mañana, como de costumbre, fuimos juntos al bosquecillo, y mi esposo oró fervientemen­te tres veces. Se resistía a dejar de rogar a Dios pidiendo su conducción y bendiciones especiales. Sus oraciones fueron escuchadas, y la paz y la luz invadieron nuestros corazones. Alabó a Dios y dijo: "Ahora lo dejo todo en manos de Jesús. Siento una dulce paz celestial, y la seguridad de que el Señor nos mostrará cuál es nuestro deber, porque deseamos hacer su voluntad".

Me acompañó al Tabernácu­lo, e inició los servicios con canto y oración. Era la última vez que me acompañaría en el púlpito. El lunes siguiente tuvo mucha fiebre, y al día siguiente yo también padecí del mismo mal. Nos llevaron a ambos al sanatorio para darnos tratamiento. El viernes disminuyeron mis síntomas. El médico me in­formó que mi esposo sentía deseos de dormir y que su condición era muy grave. Me llevaron inmedia­tamente a su cuarto, y en cuanto le vi la cara me di cuenta que estaba muriendo. Procuré despertarlo. El comprendió todo lo que se le decía y respondió con sí o no a todas las preguntas que pudo contestar, pero fue incapaz de decir más. Cuando le dije que me parecía que estaba muriendo, no manifestó nin­guna sorpresa. 
Le pregunté si encontraba consuelo en Jesús. Contestó: "Sí, oh, sí". “No tienes deseos de vivir?" — pregunté. Él contestó: "No".

A continuación nos arrodillamos a su lado y oramos por él. Una expresión de paz invadió su rostro. Le dije: "Jesús te ama. Estás sostenido por los brazos eternos". Respondió: "Sí".


Luego el hermano Smith y otros hermanos oraron junto a su (107) lecho, y se retiraron para pasar gran parte de la noche en oración. Mi esposo dijo que no sentía dolor, pero era evidente que se iba debilitan­do con rapidez. El Dr. Kellogg y sus ayudantes hicieron todo lo posible para arrancarlo de la muerte. Revivió levemente pero siguió muy débil. A la mañana siguiente pareció revivir, pero alrededor de mediodía tuvo unos escalofríos que lo dejaron inconsciente.


EL SÁBADO 6 DE AGOSTO DE 1881, a las cinco de la tarde, dejó de existir sin ninguna mani­festación física de lucha y sin ningún quejido. El impacto de la muerte de mi esposo, tan repentina e inesperada, me sobrecogió como un peso abru­mador. En mi débil condición había hecho uso de todas mis fuerzas para mantenerme a su lado, hasta el último momento; pero cuando vi sus ojos cerrados en la muerte, cedió mi naturaleza agotada y caí completamente postrada. 

Durante un tiempo vacilé entre la vida y la muerte. 
La llama vital ardía tan baja que un soplo hubiera podido extinguirla. En la noche se debilitaba mi pulso y la respiración se me hacía progresivamente más débil, a tal punto que parecía que en cualquier momento iba a cesar. Sola­mente por la bendición de Dios y los cuidados incansables de los atentos médicos y ayudantes se pre­servó mi vida. 

Aunque no me había levantado de mi lecho de enferma después de la muerte de mi esposo, el sábado siguiente me llevaron al Tabernáculo para asistir a su funeral.

Al terminar el sermón sentí el deber de testificar acerca del valor de la esperanza del cristiano en la hora de aflicción y duelo. Al levantarme se me concedieron fuerzas, y hablé unos diez minutos exaltando la misericordia y el amor de Dios, en pre­sencia de una congregación numerosa. 

AL FINAL DE LOS SERVICIOS seguí a mi esposo al cementerio de Oak Hill, donde lo dejamos descansando hasta la mañana de la resurrección. Este golpe consumió mis energías físicas; sin embargo, el poder de la gracia divina me sostuvo en mi gran aflicción. Cuando vi que mi esposo dejaba de respirar, sentí que Jesús era para mí más precioso de lo que nunca antes había sido. Cuando me encontraba junto a mi primer hijo y le cerraba los ojos en la muerte, pude decir: "El Señor me lo dio y el Señor me lo ha quitado; alabado sea el nombre del Señor". Entonces sentí que tenía un consolador en Jesús. Y cuando mi hijo menor fue arrancado de mis brazos por la muerte y ya no vi más su cabecita en la almohada junto a mí, entonces pude decir: "El Señor me lo dio y el Señor me lo quitó; sea alabado el (108) nombre del Señor". 

Y cuando me fue quitado el que me había servido de apoyo con su gran cariño, y con quien había trabajado durante 36 años, coloqué mis manos sobre sus ojos y dije: "Señor, A Ti Encomiendo Mi Tesoro Hasta La Mañana De La Resurrección". Cuando vi que estaba muriendo y contemplé a los muchos amigos que simpatizaban conmigo, pensé: ¡Qué contraste con la muerte de Jesús cuando pendía de la cruz! ¡Qué contraste! En la hora de su ago­nía los escarnecedores se burlaban de él y lo insultaban. Pero él murió y pasó por la tumba para ilumi­narla a fin de que nosotros tuviéramos gozo y esperanza aun en el momento de la muerte; para que pu­diéramos decir cuando encomendamos a nuestros amigos muertos al reposo en Jesús: Volveremos a encontrarlos. En algunos momentos me parecía insoportable la idea de que mi esposo pudiera morir; pero entonces estas palabras surgían en mi mente: "Estad quietos, y conoced que yo soy Dios" (Sal. 46:10). 

SIENTO AGUDAMENTE MI PÉRDIDA
pero no me atrevo a entregarme a la aflicción inútil. Esto no traerá de vuelta al que ha muerto. Y no soy tan egoísta para desear, si pudiera, sacarlo de su sueño pacífico para lanzarlo nuevamente a las batallas de la vida. Como un cansado guerrero, se ha acostado para dormir. Miraré con placer su lugar de descanso. La mejor forma en que yo y mis hijos podemos honrar la memoria del que ha caído, consiste en proseguir la obra en el lugar en que él la dejó, y con la fortaleza de Jesús lle­varla adelante hasta completarla. Estaremos agradecidos por los años de utilidad que se le concedieron, y por amor a él y por amor a Cristo aprenderemos de su muerte una lección que nunca olvidaremos. Permitiremos que esta aflicción nos haga más bondadosos y benévolos, más perdonadores, pacientes y considerados con los que viven.

VUELVO A TOMAR SOLA LA OBRA DE MI VIDA, plenamente confiada en que mi Redentor me acompañará. Disponemos sólo de poco tiempo para pelear la batalla; después de eso Cristo vendrá y esta escena de con­flicto llegará a su final. Entonces habremos hecho nuestros últimos esfuerzos por trabajar con Cristo, y por hacer progresar su reino. 
Algunos que han estado en el frente de batalla, resistiendo celosamente los avances del enemigo, caen en el puesto del deber; los que viven contemplan con aflicción a los héroes caídos, pero no hay tiempo para dejar de trabajar. 
Hay que estrechar las filas, tomar la bandera de la mano paralizada por la muerte, y con renovada energía vindicar la verdad y el honor de Cristo. Como nunca (109) antes hay que resistir contra el pecado y contra los poderes de las tinieblas. 
El tiem­po exige una actividad enérgica y decidida de parte de los que creen en la verdad presente. 
Si la espera de la venida de nuestro Libertador parece larga; si postrados por la aflicción y fatigados por el trabajo nos sentimos impacientes de recibir una exoneración honrosa que nos aleje del campo de batalla, recor­demos —y que ese recuerdo acalle toda queja— que hemos sido dejados sobre la tierra para hacer fren­te a tormentas y conflictos, para perfeccionar el carácter cristiano, para conocer mejor a Dios nuestro Padre, y a Cristo nuestro Hermano mayor, y para hacer la obra del Maestro y ganar muchas almas para Cristo. "Los entendidos resplandecerán como el resplandor del firmamento; y los que enseñan la justi­cia a, la multitud, como las estrellas a perpetua eternidad" (Dan. 12:3). (110) 1TI EGW

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